viernes, 1 de junio de 2007

Prohibido pasar al olvido

Revista Dazebao
Punta Alta, año 1, número 1.

Fatalmente condenada por la geografía, Punta Alta nació con un vecino incómodo. El puerto militar fue tanto motor de expansión de la ciudad, como lastre que le imprimió particulares características idiosincrásicas. Por primera vez un medio periodístico realiza una investigación a nivel local de las páginas más negras de la historia Argentina. Esta es la primera de una serie de notas que DAZEBAO presenta sobre el terrorismo de Estado en Punta Alta.



Por Emiliano Marconetto

La historia local parece haber sido pisoteada por un canguro que selectivamente, con sus saltos, le destruyó todo costado dramático y controversial, convirtiéndola en una suerte de novela naïf. Habitualmente se recuerdan las proezas del hazañoso ingeniero y las luchas contra viento y marea de los promotores de la autonomía. Sin olvidarse, claro está, de las magníficas pisadas de dinosaurios. Pero sólo las de los que habitaron Pehuén-Co. Las huellas de esos otros dinosaurios, los que pasaron por Puerto Belgrano y Baterías en los medievales años setentas, parecen haber sido otra víctima más del canguro amigo del olvido y la violencia a la que todo un país fue sumergido aparenta, a primera vista, haber dejado a la ciudad en una suerte de isla a la que las aguas contaminadas con sangre sólo rozaron sus costas.

Los medios con medias en sus rostros

Como ocurrió en casi todo el país, uno de los principales responsables en transmitir esas impresiones fueron los medios de comunicación. Cualquiera que se sumerja en el archivo histórico de Punta Alta, en el relevo de las páginas de los periódicos locales de la época, observará que la banalidad se codeaba con la moral. Allí, abundan las lecciones del tipo “cómo hacer que sus brownies sean más esponjosos”, y las aspiraciones alla “Ser Padres Hoy” aconsejando, por ejemplo, como educar a sus hijos para que logren convertirse en “hombres de bien”, según los valores “occidentales y cristianos”.

Pero para entender mejor la peculiar situación del lugar, es necesario hacer aquí un parate. Esta apreciación de “hombres de bien”, que esconde toda una definición ideológica y política, no es privativa de la ciudad. Sin embargo, aquí se cristaliza de una forma especial. En Punta Alta (y aquí sería necesario recurrir a un intenso estudio sociológico e histórico que arribe a alguna explicación acerca del porqué) el deseo de la época más anhelado y compartido por los progenitores era que su hijo decida convertirse en Oficial de Marina. Si la descendiente resultaba una nena, hasta el 2002 estuvo vedado el acceso a las mujeres a esta profesión, que se case con un Oficial era tocar el cielo con las manos. Toda una misión cumplida. Quizás sea por esta idea de ciudadano que los “chupados”, los sacerdotes bombardeados, las intimidaciones al que osaba decir una palabra demás, los buques-cárceles y los vejámenes y tormentos a los que varios puntaltenses fueron sometidos por pensar en una realidad social diferente, quedaron relegados al chusmerío de almacén, al comentario de entrecasa. El “¿será verdad?”, el “¡pero yo a ese Oficial lo conozco, no sería capaz de hacer nada de eso!” y el fatídico y registrado “Si es así, algo habrán hecho”, encontraban campo fértil en una ciudad abonada por el silencio, donde elevar la voz más de lo debido era una locura.

Huele a espíritu adolescente

Las voces, sin embargo, se elevaban. En Punta Alta, la ciudad en la que no-pasa-nada, al igual que en otros puntos del país, se empezaban a respirar leves aromas de cambio. La pasividad sumisa empezaba a dejarse de lado para que un comprometido activismo político tomara lugar. Estos aires eran más fuertes en el sector juvenil, donde el que no comulgaba con alguna idea política era considerado un marcianito. El “eras parte del problema o eras parte de la solución” estaba en pleno auge.

La Iglesia, a través de grupos juveniles como Acción Católica, oficiaba como ente aglutinante de los diversos sectores del peronismo. Al hablar con militantes de la época no hay ninguno que no deje de mencionar a Miguel Sarmiento y a Hugo Segovia, figuras centrales del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Ambos intentaban, desde la religión, acercar a los jóvenes a una realidad social que era considerada por muchos un tabú. Esta “herejía” fue suficiente motivo para el ofuscamiento de los defensores del carácter aristocratizante de la Iglesia: luego de amenazas Sarmiento se vio obligado a dejar los hábitos. Para Segovia las intimidaciones se convirtieron en atentado, cuando una bomba explotó en la puerta de su casa. Se salvó, pero para seguir predicando entre los vivos, tuvo que exiliarse.

Mi pasado me condena

Hasta 1997 lo sucedido rejas adentro estaba cubierto por un manto de misterio. Recién en ese año, algunas de las acciones más nefastas de la Armada quedaban al descubierto. Un arrepentido por interés, Adolfo Scilingo, exponía ante la Audiencia Nacional de España que durante su desempeño como Teniente de Fragata en Puerto Belgrano, en 1976, hubo actividades de carácter clandestino y “antisubversivo”. Una de las declaraciones más gráficas se refiere a una maquiavélica reunión en la que el recientemente fallecido contralmirante Luís María Mendía se encargó de explicar ante unos 900 marinos congregados en el salón de actos Bernardino Rivadavia de Puerto Belgrano que, “para resguardar la ideología occidental y cristiana, la Armada actuaría de civil, realizaría interrogatorios intensos, que incluían la práctica de tortura y el sistema de eliminación física a través de aviones que, en vuelo, arrojarían los cuerpos vivos y narcotizados al vacío, proporcionándoles de esta forma una muerte cristiana”.

A esos marinos y a todos los que participaron de la represión ilegal lanzando personas indefensas al mar como “desperdicios cristianos”, años después Mendía les diría: “mis subordinados actuaron con abnegación, valor, valentía y heroísmo. Muchos de ellos hoy están detenidos de manera absolutamente injusta e ilegal”.

Novecientas personas. En una ciudad en la que por entonces tenia aproximadamente 50.000 habitantes que en su mayoría dependía directa o indirectamente de la armada que un alto porcentaje haya presenciado semejante demostración de desprecio hacia la vida humana, hace preguntarnos cuánto se sabía y cuánto se callaba.

¿Cuánto se sabía y cuánto se callaba respecto a que la Base Naval Puerto Belgrano con su “9 de julio” y la Base Naval de Infantería de Marina con su “séptima batería” servían de Centros Clandestinos de Detención?

Prohibido pasar

El “9 de Julio” era un buque mellizo del famoso Crucero General Belgrano que para 1976 se encontraba fondeado, listo para desguasar. Adquirido a la Marina estadounidense en 1951, esta insignia naval ya poseía un historial represivo al ser el responsable de bombardear con sus cañones el puerto de Mar del Plata durante la autodenominada Revolución Libertadora de 1955. Anclado en condiciones precarias en la dársena del puerto, meses antes de la instauración del gobierno de facto, se lo “acondicionó” para que cumpla con la función de cárcel, sellándole las claraboyas de los camarotes a fin de lograr el mayor grado de aislamiento. Esta tarea, al ser realizada por civiles de la Armada, hizo factible que en ciertos círculos trascienda el secreto a voces acerca de su pronta instauración.

Si bien se desconoce la cantidad de hombres y mujeres que fueron secuestrados y depositados en este trasto de metal oxidado, los testimonios recogidos permiten trazar un perfil de los allí detenidos: en su mayoría se trataba de dirigentes de las distintas facciones del peronismo local y bahiense y de miembros de las distintas organizaciones sindicales que fueron depuestos de sus cargos, en su mayoría el mismo 24 de marzo de 1976.

Se presume que las torturas físicas no eran realizadas en este buque. Los violentos interrogatorios con picana, golpes y submarino seco de por medio, se cometían en la jefatura de Policía de Establecimientos Navales, ese edificio de estilo colonial, color rosa pastel, ubicado frente al puesto de acceso Nº 1.

La “séptima batería” [ver nota pág. 6] es uno de los centros clandestino de los que menos datos se tienen. Solo dos sobrevivientes pudieron dejar testimonio acerca de su funcionamiento y el carácter violentísimo es registrado en ambos. Ubicado en cercanías al popular balneario de Punta Ancla, los simulacros de fusilamiento y el dejar parados a los secuestrados al sol hasta desvanecerse, eran moneda corriente. Claro está, sin olvidarse de la infaltable y ya clásica picana sobre elástico de flejes.

Es de destacar y lamentar que debido a la falta de documentación, ninguno de estos dos centros clandestinos de detención figuraron en el informe de la CONADEP “Nunca Más”.

Con el advenimiento de la “desmemocracia”, los detenidos ilegalmente por la Marina en Puerto Belgrano y en Baterías, no fueron la excepción al no encontrar amparo del horror vivido en la Justicia. En 1985, la sentencia del juicio a las Juntas Militares, en la que los jefes de las tres fuerzas recibieron su pasajera condena, indicaba en su último punto que se debían mandar todos los expedientes a cada jurisdicción para juzgar al resto de los cuadros que le continuaban en jerarquía. Pero, como una piñata llena de aire, la expectativa concluyó en desilusión. A los pocos meses de tomada esta medida, se dictaminó la Ley de Punto Final, estableciendo que si en 60 días no se citaba a todos los implicados la acción caducaba. Tras una avalancha de presentaciones, la Ley de Obediencia Debida aparecida en junio de 1987 amputó todo intento de resarcimiento a las victimas y de explicación a una sociedad puntaltense con un bache en su pasado reciente.

Debido a la presión de los organismos de Derechos Humanos y a las políticas pro-memoria impulsadas por el Gobierno Nacional, las causas por los delitos de lesa humanidad cometidos en Puerto Belgrano y Baterías durante la última dictadura militar, están por “debutar” en Tribunales en los próximos días [ver pág. 9]. Treinta y un años después, la justicia correrá oficialmente el velo de misterio que guardó los oscuros secretos de la base militar más grande del país.