viernes, 15 de octubre de 2004

Ciafardini y Madueño


Por Diego Martínez *

Hace hoy veinte años moría de tristeza Horacio Ciafardini. Nacido en Rosario, estudió economía, psicología, historia y letras, emigró a sus 22 años y volvió de París y Varsovia con dos postgrados en planificación económica. A mediados del ‘72 ganó un concurso en la Universidad Nacional del Sur de Bahía Blanca para enseñar Teoría Económica Clásica II, centrada en la obra de David Ricardo, y ante la renuncia del titular del nivel III también dio cátedra de El Capital, verdaderos delitos de lesa humanidad en una región controlada por la Armada que le costarían seis años sin libros en las cárceles de la dictadura.

Cuando los militares derrocaron a Isabel Perón la UNS ya había sido devastada. La intervención del integrista católico Remus Tetu en 1975 no sólo implicó secuestros, asesinatos y matones armados en los pasillos. Con el auspicio de La Nueva Provincia, Tetu cesanteó a cientos de docentes y no-docentes, prohibió asambleas, juicios académicos y cátedras paralelas, proscribió los centros de estudiantes, fijó cupos de ingreso, eliminó toda intervención comunitaria, cerró para siempre la carrera de Pedagogía e impulsó una campaña de persecución ideológica centrada en los departamentos de Economía y Humanidades. Cuando el general Adel Vilas llegó a Bahía Blanca en 1976 no quedaban rastros de militancia en la UNS. Sin embargo, ese sería el año de una burda operación de prensa a la que el flamante juez federal Guillermo Federico Madueño le aportaría un tinte de legalidad.

Para Vilas y la revista Cabildo, que se imprimía en las rotativas de La Nueva Provincia, el ex presidente militar Alejandro Lanusse era el primer responsable de consentir la conspiración marxista contra la Nación. El apacible contexto bahiense, donde ese mismo año una caravana con banderas argentinas acompañaría a Vilas hasta el aeropuerto, era el ideal para orquestar la venganza. La operación ideada fue una parodia de juicio por “infiltración ideológica marxista” en la UNS a cargo de Madueño. El señuelo fue un ex ministro de Educación de Lanusse que antes había sido rector de la UNS, a quien se acusaría de consentir el ingreso de “ideólogos marxistas”. Los responsables de analizar los programas de estudio fueron agentes de la Policía Federal y entre los invitados a dictaminar sobre el programa de economía figuró el profesor cordobés Domingo Cavallo. El 4 de agosto, con Madueño presente para legitimar la farsa, Vilas dio una ampulosa conferencia de prensa que trascendió las fronteras e incluyó medallas para los policías investigadores. “Debemos anular las fuentes mismas en que se nutre, forma y adoctrina el delincuente subversivo y esa fuente está en la universidad y los colegios secundarios”, explicó. Luego el subcomisario Félix Alais se explayó sobre el proceso que habría convertido a la UNS en una “usina subversiva” y destacó como etapa inicial “la gestión del doctor Gustavo Malek”, el “cripto-comunista” ex ministro de Lanusse.

La reacción de Lanusse no se hizo esperar. Le escribió una carta pública a Vilas en la cual lo cuestionaba por arrogarse atribuciones que no le correspondían. Como castigo Videla lo sancionó con cinco días de arresto. En 1987 Vilas explicó ante la justicia que “el exitoso trabajo y sacrificio del juez federal auxiliado por la delegación de la Policía Federal permitió probar judicialmente la penetración ideológica de la Cuarta Internacional en el ámbito universitario”.

Para concretar su empresa Vilas, Madueño & Cía. ordenaron detenciones en todo el país, encarcelaron durante años a los pocos sobrevivientes de la limpieza de Tetu e incluyeron al dueño de la fotocopiadora donde vendían los programas. La necesidad de incorporar “subversivos” permitió a profesores identificados con el régimen saldar rencillas domésticas acusando a sus enemigos de “adoctrinamiento marxista”. Aún hoy docentes que padecieron las cárceles de la dictadura se cruzan en los pasillos de la UNS con quienes los difamaron. Incluso el secretario de Madueño, doctor Hugo Mario Sierra, logró reciclarse y hoy dicta Derecho Penal en la UNS ante jóvenes que ignoran su pasado.

Ciafardini fue detenido el 21 de julio de 1976 en el Consejo Federal de Inversiones, mientras otra patota secuestraba sus libros. Al día siguiente fue entregado a la Policía Federal de Bahía Blanca. El licenciado Alberto Barbeito, que soportó idéntico calvario, recuerda que “nos recibieron con golpes, amenazas, nos hicieron desnudar y nos metieron en calabozos. Estuvimos tres días tiritando, casi delirando. Al tercer día el juez Madueño, acompañado por Sierra, fue a tomarnos declaración. Nos vio maltrechos, en una situación penosa. Se lo hice notar pero procedió al interrogatorio de rutina: quién era, con quién me reunía”. Tras un par de meses en la cárcel de Villa Floresta los trasladaron a la de máxima seguridad de Rawson. El diputado Mario Abel Amaya no sobreviviría a los golpes de ese viaje.

En la cárcel Ciafardini enseñó economía e idiomas y se ganó el apodo de “Asceta” por comer la basura que les daban para impedir que los guardias lucraran con su sufrimiento. Durante años no pudo leer más que cartas y los diarios viejos que había para limpiarse el culo en las celdas de castigo. “Pero aunque no me crean estoy bien: el hombre es un animal de costumbres”, le explicó a su compañera. Una tía que era a su vez madrina de un secretario de Videla le consiguió la opción para salir del país. Ciafardini la rechazó. “No es cuestión de salir como rata por tirante –escribió. Hay que desentrañar la patraña jurídica de connivencia con la dictadura”. Fue el último de los profesores en salir en libertad vigilada, en 1982. Sobrevivió dos años pero no soportó ver el país devastado, una universidad que le negaba su espacio y ex compañeros que ya esbozaban su readaptación al nuevo contexto y no toleraban su coherencia y entereza.

Actual integrante del Tribunal Oral Federal 5, Madueño fue el juez encargado en Bahía Blanca de rechazar los hábeas corpus que presentaban los familiares de los secuestrados, entregarles los cadáveres ametrallados y calcinados, ordenar seccionar las manos de los supuestos NN para luego simular su identificación, y sobreseer en tiempo record las causas por los fusilamientos que las Fuerzas Armadas difundían como enfrentamientos. Hoy la Universidad Nacional de Rosario recordará a Ciafardini. No podrá ser completo el homenaje mientras Madueño siga siendo juez de la Nación.


* Escribí esta nota con la intención de publicarla en Página12 el 15 de octubre de 2004, cuando se cumplían veinte años de la muerte de Horacio Ciafardini y mientras Guillermo Madueño todavía era juez de un tribunal oral. La ofrecí pero, como suele ocurrirle a los “colaboradores” (tal el nombre de los trabajadores precarizados en el gremio de prensa) no obtuve ni un mísero acuse de recibo. Ocho años después, tras la muerte del torturador Félix Alais, alguien que no conozco recuerda a su “profesor Ciafardini” y me viene a la mente este artículo, que rescato del archivo y comparto. DM

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