domingo, 14 de abril de 2013

¿Qué no supo el padre Vara?



El juez federal bahiense Santiago Martínez deberá revisar su negativa a indagar al ex capellán Aldo Omar Vara sobre su participación en delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura en el Quinto Cuerpo de Ejército. Los fiscales José Nebbia y Miguel Palazzani destacaron al reiterar el pedido que el rechazo es arbitrario e implica “una clara interferencia y obstaculización de la investigación” que el magistrado delegó en el Ministerio Público Fiscal.

A los testimonios de sobrevivientes de La Escuelita que declararon sobre laindiferencia de Vara cuando le contaban sobre las torturas, los fiscales agregaron que el propio sacerdote admitió durante el Juicio por la Verdad en 1999 haber visto rastros de los tormentos sobre los cuerpos de jóvenes privados de su libertad en el Batallón de Comunicaciones 181.

A los relatos de ex conscriptos que recordaron la relación de Vara con los militares que torturaban en el centro clandestino, los fiscales agregaron citas del reglamento de combate RC-5-1 “Operaciones Psicológicas” que ilustran sobre las “responsabilidades del capellán” en los lugares de detención. “Todos los recursos de las Fuerzas Armadas estaban volcados a la 'lucha antisubversiva'; resulta claro entonces que la función de un capellán en esos centros del horror tenía un claro objetivo en el 'combate', tanto que se le asignaba 'responsabilidad' por escrito y en un reglamento”, destacaron.

Con citas del juez Daniel Rafecas, los fiscales recordaron que “toda persona que desarrollaba una actividad en el campo de detención y tortura, ya sea que se vinculara a la guarda o aseguramiento de los ilegalmente detenidos, ya sea que interviniera en los interrogatorios o fuera miembro de los grupos de tareas, en la medida que haya tenido un dominio de hecho sobre los secuestrados, efectuaba un aporte esencial al mantenimiento de las víctimas bajo un régimen de vida constitutivo de la imposición de tormentos ya descripto, más allá de la mayor responsabilidad penal que oportunamente corresponda asignarle a aquellos que tuvieran intervenciones más directas en la aplicación de suplicios”.

“Así como los médicos ponían sus saberes al servicio del plan represivo, los sacerdotes, amparándose en su misión pastoral, interrogaban a los secuestrados, produciendo bajo esa modalidad y con esa singularidad la sesión de interrogatorios bajo tortura”, recordaron los fiscales. “A Vara la constaba sobradamente cómo era ese régimen de terror que imperaba en el CCDyT y a qué padecimientos indecibles condenaban a cada una de esas personas cautivas, porque él era parte”, destacaron.

Nebbia y Palazzani también recordaron que la delegación de la investigación por parte del juez implica que son los fiscales quienes deben merituar la oportunidad de impulsar actos como la citación a indagatoria. Justamente en la causa bahiense, ante la resistencia del ex juez Alcindo Alvarez Canale a indagar a los ex secretarios judiciales Hugo Sierra y Gloria Girotti, la Cámara Federal de Casación Penal estableció que quien puede oponerse a la indagatoria es “tan sólo la asistencia letrada”, léase sus defensores, pero nunca “el tercero imparcial”, como es en teoría el juez de la causa.




Grafitti en la catedral de Córdoba, frente al Archivo de la Memoria.

domingo, 7 de abril de 2013

Aldo Vara, un sacerdote que sigue impune

Vara fue capellán auxiliar del Cuerpo V y tuvo un rol protagónico junto a los represores. Los fiscales José Nebbia y Miguel Palazzani pidieron su detención e indagatoria, pero el juez federal de Bahía Blanca Santiago Martínez rechazó la solicitud.

Por Diego Martínez
/fotos/20130407/notas/na18fo01.jpgLa Justicia de Bahía Blanca se resiste a investigar a los sacerdotes que actuaron al servicio del terrorismo de Estado. El ex capellán Aldo Omar Vara admitió en 1999 que supo de las torturas en el centro clandestino La Escuelita y que vio las secuelas de la picana sobre el cuerpo de jóvenes secuestrados en el Batallón de Comunicaciones 181. El entonces fiscal general Hugo Cañón pidió su imputación pero la Cámara Federal se la negó. Trece años después, el tribunal que condenó al primer grupo de represores del Cuerpo V de Ejército –integrado por jueces foráneos porque sus pares bahienses no daban garantías de imparcialidad– tomó nota de los testimonios sobre Vara, consideró probada su “culpabilidad” en secuestros y torturas, y ordenó que se lo investigara en primera instancia. Los fiscales federales José Nebbia y Miguel Palazzani desmenuzaron las pruebas contra el ex capellán, a quien caracterizaron como un agente de Inteligencia que sólo por su técnica se diferenciaba de los militares, y pidieron su detención e indagatoria. El juez federal Santiago Martínez rechazó el pedido con cuatro palabras: “No surgen elementos suficientes”.

Vara fue capellán auxiliar del Cuerpo V entre 1971 y 1979 y es el único sobreviviente de los religiosos que tuvieron un rol protagónico junto a los represores del comando bahiense. En los últimos años murieron impunes el ex arzobispo Jorge Mayer, que llegó a bendecir medallas de torturadores hoy condenados; su segundo Emilio Ogñenovich, quien en 1976 justificó que “los profetas de una moral sin Dios están recogiendo las consecuencias lógicas”; y Dante Inocencio Vega, el capellán del Cuerpo V que durante la dictadura admitió ante madres de secuestrados que sus hijos estaban en La Escuelita y en democracia juró por la Biblia no conocerlas.

El más conocido de los casos que involucran a Vara es público desde el juicio a las Juntas gracias al testimonio de un grupo de estudiantes de la Escuela Nacional de Educación Técnica No 1 que fueron secuestrados en diciembre de 1976 y torturados durante un mes en La Escuelita. Abandonados en una ruta, otro grupo de militares simuló rescatarlos y los llevó al Batallón, donde recibieron varias visitas del capellán. Uno contó que “nos traía galletitas, cigarrillos, preguntaba cómo habíamos llegado ahí, pero no le avisó a nuestros padres como le pedíamos”. Gustavo Aragón consideró una ironía que Vara fuera a llevarles “la palabra de Dios” y a hacerlos rezar mientras seguían en cautiverio. Gustavo López contó que a veces iba con sotana y otras con pantalón, siempre con cuello blanco. José María Petersen declaró que les daba “una especie de contención”, pero cuando relataban las torturas permanecía en silencio. Recordó una respuesta de antología que el tribunal apuntó en la sentencia: Vara sugirió que los secuestradores eran paramilitares que actuaban por su cuenta y que los estaban buscando.

Cuando Dorys Lundquist de Chabat supo que su hija Patricia estaba secuestrada en los fondos del Cuerpo V intentó hacerle llegar ropa y medicamentos homeopáticos a través de Vara. Dos días después de dejarle el envío en la casa que el cura compartía con su madre, Vara la visitó en su Citroën amarillo limón, recordó. Le dijo que no podía hacerle llegar el paquete a su hija pero que se quedara tranquila que estaba bien atendida y bien alimentada. “A las chicas las respetan”, le aseguró, en referencia a lo que ocurría en el centro clandestino. Dos días después de ser blanqueada en la cárcel de Villa Floresta, aún con signos visibles de tortura, Patricia recibió la visita del sacerdote, a quien había conocido en su adolescencia. Vara le aconsejó olvidarse de los padecimientos en cautiverio y le dijo que todo era culpa de sus padres.

No sólo los sobrevivientes recordaron la actuación de Vara durante el juicio oral. El ex conscripto Daniel Fonti, quien ingresó al Cuerpo V a fines de 1975 luego de recibirse de médico y se negó a asistir un parto en el centro clandestino, declaró que Vara tenía “mucho contacto con la gente asignada a La Escuelita”. “Al centro clandestino iban religiosos, curas”, relató a su turno el médico Alberto Taranto, que como conscripto también se negó a acatar órdenes ilegales. “Supe cómo se llamaban (los capellanes) pero no recuerdo”, agregó. Cuando le preguntaron por otras autoridades eclesiásticas dijo que “monseñor Mayer habitualmente iba al comando a reunirse con (el segundo comandante, general Abel) Catuzzi y he visto que caminaba hacia ese lugar (La Escuelita), lo hacía con sus hábitos”.

Citado como testigo en el Juicio por la Verdad en 1999, luego de que el fiscal Cañón le recordara su obligación de no mentir, Vara confirmó el relato de los estudiantes de la ENET. “Esos chicos dijeron que habían estado en un lugar clandestino llamado La Escuelita, que nunca visité”, se adelantó a la pregunta. “Todo el mundo en la ciudad hablaba de La Escuelita”, sugirió. “Alguno dijo que había sido torturado” con “métodos eléctricos”, recordó, y admitió que tenían secuelas. “No recuerdo exactamente (en qué parte del cuerpo) pero me las mostraron”, dijo. Como “corrían peligro de vida ellos y sus familias”, les recomendó que no hablaran “más que con su papá y su mamá”, al menos “hasta que llegaran tiempos en que se pudiera hablar”. Cañón acusó a Vara como partícipe secundario de los delitos de torturas y privaciones ilegales de la libertad. Los jueces Luis Ramón Dardanelli Alsina, Víctor Américo Bambill y José Pedro Díaz se negaron a citarlo a indagatoria.

En septiembre de 2012, luego de escuchar a casi 400 testigos, los jueces Jorge Ferro, José Triputti y Martín Bava ordenaron en su sentencia que se investigue a Vara, a quien no pudieron escuchar porque la Iglesia Católica dijo ignorar su paradero. El tribunal consideró haber “determinado a esta altura de los hechos y con el grado de probabilidad suficiente la culpabilidad del sacerdote” en delitos de lesa humanidad. Como el juez Martínez delegó la investigación en el Ministerio Público, la orden del tribunal recayó en los fiscales Nebbia y Palazzani, que dos días después del nombramiento del papa Francisco pidieron la detención del ex capellán.

“Vara garantizó la continuidad de la privación ilegal de la libertad y torturó psíquicamente a los cautivos dentro del centro clandestino y a sus familiares afuera”, escribieron los fiscales. “Así como los médicos ponían sus saberes al servicio del plan represivo, los sacerdotes, amparándose en su misión pastoral, interrogaban a los secuestrados”, apuntaron, y destacaron que Vara “comparte el pacto de silencio cínico y cruel que une a todos los responsables, silenciando información que podría aliviar el dolor de sobrevivientes y familiares”. Entre los elementos que refuerzan las pruebas del rol de Vara citaron su carta de despedida al jefe del Batallón 181 en 1979. “Fue un honor para mí haber podido comprometer mi vida, y arriesgarla, durante estos largos años de iniquidad y salvajismo. Fue un honor brindar mi aporte sacerdotal a una empresa tan difícil”.

domingo, 13 de enero de 2013

“El diario cumplió un rol dentro del plan criminal”

EL FISCAL ABEL CORDOBA ANALIZA LA DENUNCIA CONTRA EL DIARIO LA NUEVA PROVINCIA POR SU PARTICIPACION EN EL TERRORISMO DE ESTADO
El diario bahiense como legitimador social de los crímenes de la última dictadura. Su participación en la “construcción del enemigo”. El uso de material secreto de inteligencia militar. En fin, lo que los represores llamaban un “valioso auxiliar de la conducción militar”.

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Por Alejandra Dandan
El juicio de lesa humanidad que terminó el año pasado en Bahía Blanca reunió pruebas sobre el rol del diario La Nueva Provincia durante la última dictadura. Cuando finalizaron las audiencias, la fiscalía impulsó un pedido de investigación confirmado más tarde por la sentencia del Tribunal Oral. Abel Córdoba fue el fiscal que encabezó la acusación. En diálogo con Página/12 explica por qué el tribunal habló de “propaganda negra” y comparó al diario de los Massot con el “manual de guerra de baja intensidad”. También habla del “rol” de la La Nueva Provincia y su lugar como pata “auxiliar” en la legitimación social del plan criminal del terrorismo de Estado.
“Hay una relación y un accionar conjunto, una consustanciación y, como dijo el Tribunal, de lo que se trata es de una diferencia de ‘roles’ dentro de lo que es ya un procedimiento delictivo: el procedimiento delictivo abarcaba el secuestro, mantener en cautiverio a las víctimas, fusilarlas y luego presentarlos (los cadáveres) como un producto de un combate militar: en esa etapa es donde las fuerzas armadas no están solas sino que el diario cumplía alguna de estas funciones. Había fuerzas armadas y sectores civiles que llevaron adelante el plan criminal y se dividieron funciones, por eso es importante distinguir en ese plano la actividad que no se reduce a la publicación de la noticia que tuvo como fuente una fuente militar, eso ya era parte de una división de funciones dentro de un plan criminal que estaban ejecutando”, señala.
–¿Cómo empiezan a entender al diario La Nueva Provincia como “tema” de investigación?
–Lo que hay que entender es el terrorismo de Estado: cómo hicieron las fuerzas represivas, tanto las armadas como los sectores civiles, para arrasar con la sociedad bahiense, igual que pasó en todo el país. La cuestión central está basada en la “construcción de un enemigo” que iba a ser el blanco del poder punitivo: no fue una represión indiscriminada, sino que tuvo un direccionamiento muy claro, el propio poder configuró a un enemigo, identificó a las víctimas y luego las agencias de inteligencia profesionales de las fuerzas armadas integradas por civiles legitimaron las muertes, desapariciones y también las torturas. Ese enemigo se lo suponía como lesivo en términos sociales, se hablaba en términos biologisistas sobre qué era lo que “infectaba” a la sociedad y a partir de allí se instaló la necesidad de extirparlos del cuerpo social.
–¿Piensan el diario como una “agencia” del terrosimo de Estado?
–El tribunal señaló que el diario colaboró en la legitimación discursiva y la construcción del “enemigo”. A tal punto que el Tribunal tomó los propios conceptos de (el general Adel) Vilas, cuando indicó que el diario abasteció necesidades “operacionales psicológicas” que necesitaban las fuerzas armadas para legitimar socialmente su accionar criminal. Lo calificaba como un “valioso auxiliar de la conducción militar”, es decir: esto deja al diario al margen de una función periodística, e incluso lícita, y pasa a formar parte del plano delictivo en cooperación con el Ejército y la Armada en tareas psicológicas contra la población. Ahí hay un concepto que hay que revisar que es “la acción psicológica”.
–¿En qué sentido?
–El Ejército –en este caso auxiliado y en cooperación militar con la Nueva Provincia– necesitaba infundir miedo en la población y a la vez captar la adhesión. El terror se infundía a la población desde La Nueva Provincia, con lo que el tribunal llama la “propaganda negra”: algunas páginas del diario de esos años tienen como trasfondo la tortura directamente. Los datos que publicaba eran un complemento de Inteligencia en numerosos hechos que estamos juzgando e investigando: era información arrancada en tortura y luego publicitada en el diario, y así pasaba a ser parte de ese eje rector represivo en Bahía Blanca.
–¿Podrían alegar que era información provista por las “fuentes”?
–Lo que hay que distinguir es la actividad lícita que es el periodismo como actividad en sí misma, de esta otra situación en la cual la estrecha vinculación entre el Ejército, la Armada y el diario tornan a la actividad periodística gráfica en uno de los instrumentos de los crímenes que no es lícito del periodismo ni de ninguna actividad. La finalidad no era la información u opinar, sino que estaba en un accionar operativo junto con lo órganos de inteligencia y las fuerzas represivas. Esto excede el vínculo que puede haber entre una “fuente” y el “medio”. Una cosa es publicar y otra cosa es estar consustanciado, tener reuniones, ser auxiliar operativo de ese grupo criminal y tu rol es contribuir primero a señalar a las víctimas, demonizarlas, evitar cualquier reacción social contra ese grupo y seguir avanzando hasta presentar el resultado como algo que no fue. La Nueva Provincia puso al servicio la credibilidad que tenía socialmente para consumar el plan criminal: a criterio de la fiscalía, hay sobradados elementos para avanzar en una investigación por crímenes de lesa humanidad sobre los directivos de esa empresa.
–¿Puede dar algunos ejemplos?
–Por un lado, los más notorios: hay situaciones donde se difunden las declaraciones o confesiones bajo tortura, arrancadas en la clandestinidad de los cautivos que aparecen en la páginas de La Nueva Provincia.
–¿No dan cuenta de la tortura, ni menciona fuentes?
–Obviamente no. Ahora que pudimos tener acceso a parte de la documentación secreta de inteligencia de los archivos que maneja la Comisión provincial por la Memoria, vemos que algunas noticias son el parte de inteligencia que circulaba en los canales secretos. Otro caso es que personas secuestradas en Bahía Blanca eran llevadas a un patio, fotografiadas por personas que ellos desconocían y al otro día aparecían en las páginas de La Nueva Provincia como parte de una noticia “montada” sobre el desmantelamiento de una célula extremista, que en realidad eran personas que estaban secuestradas y continuaban ilegalmente detenidas.
–¿Las editoriales?
–En otro plano, la prédica editorial no es sólo producto de esos días sino que en algunos casos continúa hasta hoy. En este caso, es importante catalogar a La Nueva Provincia como la “usina ideológica” del terrorismo de Estado. Eso y la apología constante hacia lo que se puede llamar “lógica sacrificial”: en su prédica el diario dijo constantemente que había que refundar la República y que iba ser posible sobre la sangre de las víctimas, la muerte como un sacrificio necesario.
–El Tribunal lo compara con el manual de guerra de baja intensidad. ¿Coincide?
–Sí. Para nosotros hubo una combinación de accionar sobre las víctimas: por un lado, fue desde el accionar en el centro clandestino con el sentido centrado en la escena de la tortura; y por el otro lado, el plan criminal tenía otro plano que era el de la “baja intensidad”, pero que estaba dado por la difusión pública y la difusión de determinada situación que legitimó y produjo los crímenes. No se trata ya de un relato neutral de lo que ocurría, o siquiera interesado, sino de conductas que eran la implementación del plan criminal y, por eso, la función de infundir terror y de paralizar cualquier reacción social ante eso. Y esto, más allá de lo que se pueda llegar a avanzar con la investigación de los crímenes de los dos talleristas empleados de La Nueva Provincia, Enrique Heinrich y Miguel Loyola (ver aparte).
–En el alegato ustedes dijeron que los medios fueron acríticos y reverentes con la dictadura. Plantearon a La Nueva Provincia como caso extremo. Pero es inevitable pensar en posiciones asumidas por otros diarios.
–Lo que hay que distinguir cuando se investigan estos hechos es un plano, que puede ser reprochable en términos sociales, académicos, periodísticos, de una responsabilidad social que pueda llegar a haber de algunos medios de lo que ha sido el aval acrítico o implícito a los crímenes durante la dictadura. Eso puede ser un plano. Acá estamos hablando –habrá que ver si hay otro caso– de un eje en el que la actividad de prensa era parte de una operatoria criminal. No descarto que haya otros medios que hayan tenido una actividad de aval o silenciamiento de lo que fue ocurriendo. Ahora, en este caso, la bisagra deja de ser algo opinable y pasa al plano de lo ilícito.
–Así como las causas avanzaron en analizar distintos tipos de responsabilidades: militares, los jueces, las empresas, ¿cree que este es un camino que la Justicia empezará a mirar?
–El juzgamiento de estos hechos tuvo en su primera etapa al sector militar. Ahora, a medida que se avanza, empiezan a aparecer responsabilidades civiles. En principio, dentro el propio Poder Judicial, luego dentro de los cuadros dirigenciales, como sucedió con (Jaime) Smart, que asumieron la función represiva, y también el sector empresario. Vilas contaba que en Bahía Blanca habilitaron una línea telefónica para recibir denuncias, y que tuvieron que comenzar a filtrar por la cantidad de empresarios que llamaban para pedir sacarse de encima a los empleados. Creo que, en parte, el límite de estos juzgamientos es simplemente de prueba. No tiene que haber otro límite que no sea el cúmulo de prueba que se pueda juntar. Y a partir de allí, avanzar en las imputaciones religiosas, empresarias o militares. El Estado nacional tiene el deber de juzgar y no acotar responsables, como fue la intención inicial.


Los delegados

Abel Córdoba cree que ahora que se sacaron de encima el “lastre” del juez federal ad hoc Eduardo Tentoni en la instrucción de las causas, podrán avanzar incluso con la responsabilidad de La Nueva Provincia en los crímenes de Enrique Heinrich y Miguel Loyola, dos delegados del diario. “Obviamente estaban enfocados por la propia actividad del diario y el resultado está siendo analizado para avanzar en ese sentido. Es un plano distinto (al rol del diario en su papel de ‘agencia’ del terrorismo de Estado) pero es sumamente grave, dado que esta concepción autoritaria e ilícita de ejercer un complemento operativo del Ejército tenía un rango disciplinario interno de la empresa que terminó con el fusilamiento de estas dos víctimas.”

miércoles, 2 de enero de 2013

No aclare que oscurece

Por Diego Martínez
La Cámara Federal de Bahía Blanca apartó de la causa que investiga delitos de lesa humanidad de la Armada y Prefectura en el sur bonaerense al abogado Eduardo Tentoni, juez ad hoc durante casi un lustro, quien había sido recusado por falta de imparcialidad por los fiscales Abel Córdoba y Félix Crous. El tribunal fundó su decisión en una inusual “aclaración” en la que Tentoni agradeció la “amplia y generosa colaboración” de la fuerza armada que Córdoba acababa de denunciar por reticente, y en su aval a tareas de inteligencia amateur sobre víctimas del terrorismo de Estado realizadas en dependencias del Ministerio Público nada menos que por el secretario de Derechos Humanos del juzgado federal, Mario Fernández Moreno. Los camaristas Pablo Candisano Mera y Angel Argañaraz calificaron como “una falta de respeto” el “indebido escrutinio e individualización de personas” realizado por Fernández Moreno y su incorporación al expediente por parte de Tentoni, admitieron como “legítimas preocupaciones e inquietudes” las planteadas por fiscales y luego por querellantes, apartaron de la investigación al abogado y designaron en su lugar al juez federal subrogante Santiago Martínez.

En marzo pasado, de comisión en Buenos Aires para rastrear información sobre los agentes civiles que actuaron durante el terrorismo de Estado al servicio de la Armada (que se resiste a encontrar sus legajos), Tentoni se reunió con el entonces jefe de la fuerza, almirante Carlos Paz, y mantuvo dos “almuerzos de trabajo” con el director de Inteligencia, comodoro Manuel Guillermo Tomé. Córdoba le reclamó sin suerte que informara sobre el contenido de esas reuniones. Al recusarlo explicó que la negativa no sólo ponía en duda su imparcialidad y era “lesiva para las víctimas”, que antes de ser secuestradas fueron blancos de la “inteligencia naval”, sino que comprometía “los aspectos más delicados del sistema democrático”, que veda a los militares las tareas de inteligencia en el marco interno. Los camaristas no cuestionaron las reuniones del juez con los marinos, sino la resolución que firmó días después. Córdoba había denunciado públicamente la reticencia de la Armada a aportar información. En un hecho inédito desde la reapertura de causas por crímenes de la dictadura, el entonces secretario general de la Armada, contraalmirante Luis María González Day (pasado a retiro en octubre por modificar el destino de la Fragata Libertad), difundió un comunicado para intentar desmentir al fiscal. Fue entonces cuando Tentoni, sin que nadie formalmente se lo pidiera, escribió ocho carillas llenas de elogios al almirante Paz por su “amplia y generosa colaboración” y hasta agradeció que no le hubieran negado durante un allanamiento el acceso al galpón de la base de Puerto Belgrano donde guardaban varios Ford Falcon que conservan como trofeos desde los años ’70.


“El cruce mediático” entre fiscal y marino “derivó en que hiciera una aclaración”, oscureció Tentoni al intentar justificarse. Los camaristas llamaron la atención sobre el concepto y dedicaron varios párrafos a diferenciar las obligaciones de fiscales y jueces. Quien acusa tiene “necesidad de exponerse mediáticamente” porque su misión es “defender la legalidad y los intereses de la sociedad” y en las sociedades modernas los medios son “una herramienta fundamental para canalizar y difundir problemáticas”. Los jueces, en cambio, “deben aparecer frente a los justiciables y a la sociedad en una posición distanciada de los conflictos en pugna cuya resolución se les confía”. Tienen un “deber de discreción reforzada” ante controversias de partes y “deben adiestrarse en el ejercicio de la autocontención”. No sólo deben ser mesurados al opinar, también al realizar “actos con fuerte contenido simbólico”. Que un juez agradezca públicamente la supuesta colaboración de una fuerza a la que en teoría investiga constituye una advertencia objetiva que permite dudar de su imparcialidad y justifica su apartamiento, concluyó la Cámara.

El segundo acto que selló la suerte de Tentoni fue una derivación del insólito fisgoneo documentado por Fernández Moreno, hijo del ex camarista Augusto Fernández, que se jubiló este año tras excarcelar a 36 represores y que el 8N paseó por Bahía Blanca con el ceño fruncido y una bandera argentina para reclamar “¡¡Basta de Kdenas!!”. A partir de una recusación del teniente coronel abogado Mauricio Gutiérrez para intentar apartar a Córdoba, el juez ad hoc se dedicó durante tres meses a husmear vida, obra y relaciones del fiscal para concluir que el planteo era extemporáneo. En el contexto de esa parodia de juicio, que luego la Cámara declaró nula, un correveidile le avisó a Fernández Moreno que “mientras era atendido en mesa de entradas” de fiscalía “observó a una mujer” que pidió hablar con Córdoba, dio su nombre y apuntó que la atendió la jefa de despacho, datos que el secretario volcó a un acta y Tentoni a la causa. Córdoba denunció la conducta “lesiva de la privacidad” de las personas, agravada porque la mujer es una sobreviviente de la dictadura. Recordó que la comunidad jurídica impone a los jueces el cuidado de las víctimas y repudió el “proceder patético avalado por el juez”.

Los camaristas que hasta abril convivieron con el padre de Fernández Moreno tuvieron la gentileza de no nombrarlo y de cuidar las palabras, pero alertaron de su “indebido escrutinio e individualización de personas”. “La mesa de entradas de la fiscalía es equiparable al estudio de un abogado y, salvo orden judicial, no puede practicarse el recuento o identificación de personas que se hallen allí”, aclararon. A partir de la máxima de que “lo útil no se vicia por lo inútil”, sostuvieron que “el juez ad hoc no debió haber mantenido el acta cuestionada en el expediente” pues su obligación era “la destrucción física de aquello que no debe servir para nada”. Concluyeron que el episodio “contribuye” a dudar sobre la imparcialidad de Tentoni y que lo “prudente” es su apartamiento “por las molestias y difíciles situaciones que puede traer su permanencia”. Al servicial Fernández Moreno nadie le pidió explicaciones por la gestión que sólo interesaba al ex abogado del Cuerpo Quinto que ahora defiende a camaradas y al cierre de esta edición continuaba al frente de la denominada Secretaría de Derechos Humanos del juzgado federal bahiense.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Elevan a juicio la causa a marinos y prefectos



Los crímenes de lesa humanidad cometidos por miembros de la Armada y de Prefectura en Bahía Blanca durante la última dictadura podrían llegar a juicio en 2013. La semana pasada el juez ad hoc Eduardo Tentoni concluyó la instrucción y la elevó al Tribunal Oral Federal que este año dictó la primera condena a represores bahienses. La elevación alcanza a cuatro marinos retirados y cinco prefectos, que en principio serán juzgados por secuestros, tormentos y homicidios sufridos por 56 víctimas, incluidos los obreros gráficos Enrique Heinrich y Miguel Angel Loyola, delegados de los trabajadores del diario La Nueva Provincia, asesinados en julio de 1976.
  La resolución de Tentoni se produce luego de que el fiscal Abel Córdoba lo recusara por "falta de parcialidad", pedido que analiza la Cámara Federal bahiense. Los acusados son en su mayoría octogenarios, ex miembros de las cadenas jerárquicas en sus fuerzas y gozan de arresto domiciliario. El único condenado, en la causa ESMA, es el contralmirante Manuel García Tallada (88 años, vive en Pacheco 271, Martínez, norte bonaerense). Los otros marinos son los capitanes Guillermo Félix Botto (73 años, Franco 3668, Buenos Aires), Oscar Alfredo Castro (foto, 82 años, Calle 484 al 2520 de Gonnet, La Plata) y Luis Alberto Pablo Pons (70 años, Av. Libertador 5484, 4º A, Buenos Aires). Los prefectos que llegan a juicio en sus hogares son Félix Ovidio Cornelli (85 años, La Pampa 2119, 12º B, Buenos Aires), Pedro Alberto Pila (74 años, Calle 150 nro. 28, Berazategui) y Néstor Alberto Nogués (70 años, Isabel la Católica 3244, Ingeniero White, procesado como partícipe secundario). Los únicos dos acusados presos en cárceles son los prefectos Luis Angel Bustos (en la Unidad Penal 4 de Bahía Blanca, procesado como partícipe necesario) y Francisco Manuel Martínez Loydi (en la Unidad Penal 44 de Batán, para estar cerca de su familia en Necochea).