Página/12, suplemento Las/12
La semana que viene se presenta en Buenos Aires La Escuelita, relatos testimoniales, el libro que Alicia Partnoy publicó en Estados Unidos en 1986 y que recién este año tendrá su edición en castellano. En una prosa que usa la primera persona para esos relatos que dan cuenta de los mínimos gestos de resistencia en medio de la anomia y el horror del campo de concentración, y la tercera cuando necesita contar con frialdad ese mismo absurdo, Partnoy se suma, como otras mujeres, al relato coral de múltiples testimonios que este mismo año volvieron a inscribirse con fuerza también en el terreno institucional –aunque con características distintas– y que dan cuenta de que sólo hay límites difusos entre la historia y el presente, algunos –como en el caso del testigo desaparecido– terriblemente desdibujados.
Por Liliana Viola
¿Quién dijo que la historia se sitúa en el pasado? Esta pregunta y otros cuestionamientos de tal grado de alerta y de dolor contribuyeron a entornar la puerta para toda una literatura testimonial que comenzó a circular en la Argentina con más fuerza que nunca, ahora que se cumplieron los 30 años del golpe. El testimonio del horror conforma un género difuso, incompleto para quienes busquen respuestas y precisiones. A su vez, elaborado bajo reglas muy diferentes a las de los otros discursos –el jurídico e incluso el de los derechos humanos– que en nuestro país han servido desde el comienzo de la democracia y sobre todo, desde el Juicio a las Juntas para demostrar la falacia de algunos conceptos impuestos, como “los dos demonios”, “la guerra sucia”, “la lucha contra la subversión”. Palabras que se abalanzaron en su momento y que por estos días intentan emerger como si la historia no alcanzara para hacerse cargo del presente. Esta pregunta habrá que hacerla ahora y en voz alta. Pero por sobre todo, se trata de un género único, heredero de la autobiografía y concentrado en la perversión de un instante; tiene el don de dar cuenta del horror en carne propia. “Mientras sea desaparecido –decía Videla hace 30 años– no puede tener tratamiento especial, porque no tiene identidad: no está muerto ni vivo.” Esta suspensión de la identidad, y la avalancha contra el sentido que da tiempo y coartada para que un Estado asesine, tiene, del otro lado, una maquinaria de recuerdos confusos y aparentemente débiles que buscan recuperar el sentido difuminado. El testimonio parece no tener utilidad, valor de cambio, y sin embargo puede situar la historia –y con ella parte de lo inexplicable– en el tiempo presente de quien está leyendo.
POESIAS EN LA ESCUELITA
Por estos días comenzaron a reeditarse en castellano algunas obras testimoniales que fueron escritas hace muchos años fuera del país y en otros idiomas. Sorprendería conocer la cantidad de trabajos de este tenor que circularon durante todos estos años de democracia en el exterior, sobre todo en el ámbito universitario, que no tuvieron registro dentro del país. Una visita a Amazon.com da cuenta de muchos títulos que a su vez tuvieron importante repercusión en el público y la crítica extranjeros. La literatura testimonial en América latina es un campo en el que se han destacado las mujeres, señala Nora Strejlevich en El arte de no olvidar (Catálogos, 2006). Es justamente una mujer, Marguerite Feitlowitz, la autora del A Lexicon of Terror..., un libro que publicó la Universidad de Harvard y que, basado en testimonios de numerosas víctimas de la dictadura, reconstruye un glosario de palabras y conceptos tras los cuales se fue construyendo la realidad compartida de aquellos años. Sin pretensión académica ni tampoco melancolía, se suma a esta lista Tales of Disappearence & Survival in Argentina (La Escuelita). Fue publicado hace 20 años en Estados Unidos por Alicia Partnoy, quien ahora lo presenta en Buenos Aires con el título La Escuelita. Relatos testimoniales.
Durante los años que pasó en la cárcel como presa política, sus poemas e historias circularon en secreto y hasta alcanzaron a ser publicados anónimamente en diarios y revistas de organizaciones de derechos humanos. Desde su llegada a Estados Unidos ha dado numerosas conferencias para Amnesty International, organizaciones religiosas, universidades y otras entidades. Partnoy ha participado en varios trabajos de recopilación de testimonios, entre los que se incluye otro libro que presenta los relatos de más de 30 mujeres violadas durante las últimas persecuciones políticas en Latinoamérica. Podría decirse, ante la lectura del prólogo, que las historias de La Escuelita son el testimonio de una activista secuestrada por los militares en 1977 que estuvo desaparecida 5 meses en el campo de concentración de Bahía Blanca antes de pasar a otra prisión y, finalmente, al exilio. Pero enseguida aparece algo más. La particularidad de este trabajo es su rechazo a convertir sus recuerdos inconexos y hasta superfluos en un material descifrable para quienes necesitan datos y pruebas. No es un relato tamizado por la lógica con el objetivo de hacer entender, hacer pedagogía, dar a conocer lo que le pasó, dar a juzgar. De hecho, la voz de este libro es muy diferente de la que la misma Partnoy dejaba oír ante la Conadep en la década del 80: “El 12 de enero de 1977, me encontraba en mi casa con mi hija Ruth Irupé (de un año y medio), cuando escuché que sonaba insistentemente el timbre de calle. Era mediodía. Caminé los 30 metros de pasillo que separaban mi departamento de la puerta principal. Cuando llegué alguien estaba pateando con fuerza la puerta. Pregunté: ¿quién es? y me respondieron: Ejército, mientras seguían golpeando”.
Este libro testimonial es un libro de relatos y poemas que además lleva las ilustraciones de su madre: un universo personal organizado en 19 viñetas quebrado por la percepción imposible tras las rejas, las sombras y la tortura. Es una voz interrumpida constantemente por el humor, la locura y la intención poética de sobreponerse al absurdo mientras se esfuerza por dejar señales de los otros que estuvieron con ella. A su vez, al final del libro un apéndice les pone nombre, edad y momento de desaparición a los personajes que antes anduvieron como sombras. Otro apéndice revela características físicas, rango y sobrenombres de los represores. Sin precedentes en el país, este discurso tan impreciso como detallista fue interpretado con valor de documento en 1999, en ocasión de los Juicios de la Verdad: el fiscal decidió presentar fragmentos de este libro en la causa.
El género testimonial –otros horrores mundiales que preceden al nuestro, como el del Holocausto, lo han comprobado con la constante aparición de materiales nuevos– demuestra su capacidad de resistencia, de gota por gota que no deja de caer. Aun si las palabras Nunca Más fueran el perfil de una esperanza imposible, dice Nora Strejlevich, las víctimas seguirían narrando su viaje por el horror. Y aun así, esas palabras seguirán faltando; el presente demuestra que faltan y que no es posible ante el horror y la prepotencia leer un rato y dar vuelta la página.
Anticipo de La Escuelita
Alicia Partnoy
Editorial La Bohemia
Nombre
La última vez que escuché mi nombre completo fue en el Comando del V Cuerpo del Ejército, la tarde de mi secuestro. El milico, con voz pausada y hasta risueña, lo repetía mientras a un costado se oía el tecleo de una máquina de escribir. Yo acababa de estrenar la venda sobre los ojos.
–¿Nombre?
–Alicia Partnoy.
–¿Edad?
–Veintiún años.
–¿Alias?
–Ninguno.
El día que arrestaron a Graciela, la hermana de Zulma, todos nos cambiamos los sobrenombres. En mi caso particular en realidad no hacía falta. Es que Graciela conocía mi nombre, la dirección de mis viejos, mi historia. Si hablaba en la tortura no iba a ser el cambio de sobrenombres lo que me salvara. Pero no habló. Dice Zulma que le contó “Chamamé” que a Graciela la torturaron mucho. Pero no habló. Yo me fui por unos días de casa, por precaución. Me empecé a llamar Rosa. A veces la cuestión de los alias parecía ridícula. Uno pensaba: “en un pueblo, vaya y pase, todos se conocen, hay un solo Gumersindo, un Pascual, pero en la ciudad ¿cómo se encuentra a una Alicia entre cientos, un Carlos entre miles?”. De a poco fuimos aprendiendo. Cada piedrita de información contribuía a formar el alud que aplastaría al resto de los compañeros. El color del pelo, el timbre de la voz, la textura de las manos, el nombre, el sobrenombre. Detalles. Cuando llegó la hora de mi alud yo era Rosa. Cuando vinieron a buscarme no supe si venían por Rosa o por Alicia. Lo cierto es que venían por mí.
En La Escuelita no tengo apellido. Sólo la Vasca me llama por mi nombre. Varias veces nos han dicho que van a empezar a asignarnos números, pero hasta ahora no han sido más que amenazas.
El día de nuestra tercera ducha –ya llevaba yo casi dos meses aquí–, me traían del baño: el pelo largo mojado bajo la venda blanca de los ojos, el vestido con el desgarrón que me hice al saltar el tapial del fondo de mi casa, las manos atadas, los huesos creciéndome en puntas sobre los pómulos y las coyunturas. De pronto escuché que un guardia cantaba una milonga de Atahualpa: “Si la muerte traicionera/ me acogota a su palenque/ háganme con dos rebenques/ la cruz pa’mi cabecera”. Desde entonces me llaman La Muerte. Será tal vez por eso que cada día al despertarme repito para mis adentro que yo, Alicia Partnoy, todavía estoy viva.
Nariz
Ahora que gracias a ella puedo ver, las cosas han cambiado. Sin embargo, desde que tengo memoria siempre renegué de mi nariz, no solamente por los problemas respiratorios, las cuatro operaciones, etc. Nunca me gustó la forma. No es que fuera demasiado grande. Sólo lo suficiente para hacerme sentir incómoda. Me molestaba esa curva semítica y cuando estudiaba mi perfil solía levantarme la punta con el índice, en busca de armonía. Claro que ahora no tengo ese problema. Puedo mirarme en el espejo solamente una vez cada veinte días, cuando me sacan la venda para bañarme. Entonces ya no es la nariz lo que me preocupa, contemplo mis cejas cada vez más pobladas, los ojos, se me han puesto raros, profundos.
Cuando éramos chicos mi hermano para hacerme enojar me llamaba Cyrana, por aquella novela de Cyrano de Bergerac. “Erase un hombre a una nariz pegado.” Me ponía furiosa.
El otro día me animé a pedir un antihistamínico. El “Doctor”, un gordo gigantesco, se sentó en el borde de mi cama a preguntar cómo me sentía. Le hablé de esa alergia que de a ratos no me deja respirar. Me dio una pastilla redonda y pequeña.
Los pedazos de gasa que a veces me traen para sonarme se amontonan bajo la almohada.
A pesar de todo, ese resentimiento hacia mi nariz se ha ido suavizando en estos últimos días. Cuando está obstruida por la alergia no puedo olfatear el cigarrillo del guardia que entra a hurtadillas, la lluvia, el pan, pero tampoco la mugre de mi frazada ni el olor metálico de nuestro miedo. Es decir, ventajas y desventajas corren parejas.
Son las condiciones de vida en La Escuelita las que permiten que este apéndice de mi cara manifieste su oculta virtud: la nariz me permite ver. No es que me haya puesto metafórica de pronto. Sí, veo gracias a ella. Lo que ocurre es que su forma mantiene la venda de mis ojos ligeramente levantada. Por las pequeñas rendijas desfilan porciones de este mundo.
Sólo el “Peine” sabe cómo atar una venda lo suficientemente ancha como para burlar mi nariz. Otros guardias me ponen pedazos de algodón y cinta adhesiva para clausurar esas ventanitas ilegales y –para ellos– peligrosas. Mientras tanto, mi nariz parece crecer, orgullosa, cada vez que me colocan una nueva venda. Es que, finalmente, ella y yo nos hemos reconciliado.
Telepatía
Todavía no sé muy bien si fue para peor o para mejor que lo de la telepatía no haya funcionado. Probé varias veces. Me importaba sobre todo comunicarme con mi familia, aunque los usos podrían llegar a ser infinitos. Me acuerdo que la primera vez que lo intenté fue el día en que trajeron un pedazo de carne y una papa hervida para el almuerzo. El plato constituía una exquisitez digna de otra escenografía. Carne y papa fueron digeridas con pasmosa rapidez. Entonces fue probablemente el hambre lo que me despertó las ganas de explorar el mundo extrasensorial. Empecé primero por relajar el cuerpo. Se suponía que la mente, aligerada de su peso, podría viajar en la dirección que yo determinara. Pero el experimento no funcionó. Era de esperar que mi mente, elevada hasta el techo de la habitación, tuviera la virtud de observar mi cuerpo tendido sobre el colchón de rayas rojas y mugre. Pero no. Quizás esos ojos del espíritu también estuvieran vendados.
Al día siguiente probé de nuevo. Fue la misma tarde en que me desperté sobresaltada tratando de acordarme dónde había dejado a mi hija aquel mediodía, para abrir los ojos a una venda que me los tapaba hacía ya veinte mediodías. Ese sobresalto me dio una idea. Mi mente todavía tenía uno de sus bordes en libertad. ¡Si pudiera estirarse hacia afuera! Querer es poder. Si yo quiero, puedo controlar mi pensamiento, hacerlo viajar, huir. SALIR. ¡Te lo ordeno! A mí me dan tantas órdenes: “¡Sentarse! ¡Acostarse! ¡Boca abajo! ¡Apurarse!”. Por eso yo le exigí a mi pensamiento: “¡Vamos! Rajá. Rápido. Salí”. Es que tenía una misión para él. De todas maneras, ahora que lo pienso bien, tal vez haya sido mejor que no me obedeciera. Porque entonces yo le hubiera pedido que averiguara mi futuro, y cuando él regresara a contarme cuántas balas había visto en mi cadáver, yo no iba a tener paz. Ahora tampoco tengo paz, pero por lo menos me queda la esperanza de que todavía me quede una cuota de aire para respirar en libertad.
Hice un tercer intento esta tarde. Utilicé otro método. Reconstruí en mi imaginación la casa de la calle Uruguay, mi mamá y sus cuadros en el galponcito, papá preparando té en la cocina, mi hermano doblado sobre un libro, el sol, los árboles del patio. “Estoy bien”, repetí mentalmente. “Estoy viva. Estoy viva. Todavía estoy viva. Estoy bien.” Apreté los párpados con fuerza, los puños, las mandíbulas. “Estoy bien. Escuchen, estoy bien.” Mamá siguió pintando, papá revolvió el té y Daniel dio vuelta la página de su libro. En el patio los árboles se balancearon, pero yo no los vi, sólo los imaginé. Ellos tampoco me escucharon. Los pies me cosquilleaban. Quería salir corriendo.
Creo que fue entonces cuando abrí los ojos. Por la ranura de debajo de la venda vi las piernas de Hugo. “El Bruja” acababa de traerlo de la ducha. Le habían puesto un vestido de mujer, para regocijo del “Loro” que carcajeaba al verlo tratar de trepar la cucheta. Al rato pasó Batata, vestido con un camisón rosa. Decían los guardias que no había pantalones para los hombres, entre las risas y la humillación que flotaba en el aire como un olor incómodo, no pude seguir con la telepatía. De todas maneras no había podido comunicarme.
Es extraño pero de repente me doy cuenta de que, desde hace un rato, tengo la certeza de que uno de mis abuelos se acaba de morir.
Memorias sobre el terrorismo de Estado en Bahía Blanca y Punta Alta. Trabajo colectivo de reconstrucción de la historia local del genocidio. Su objetivo es enfrentar al silencio cómplice con la difusión de la verdad y la exigencia de justicia.
viernes, 6 de octubre de 2006
viernes, 29 de septiembre de 2006
Justicia para dos enfermeras bahienses
Ecodías
PERPETUA PARA EL EX COMISARIO ETCHECOLATZ
Mientras en Bahía Blanca continúan impunes los crímenes cometidos al amparo del Estado Terrorista, en La Plata el ex comisario Miguel Etchecolatz fue condenado a reclusión perpetua por los homicidios agravados de las enfermeras bahienses Nora Formiga y Elena Arce Sahores.
Por Diego Martínez
Mientras las causas por los crímenes cometidos en jurisdicción del Cuerpo V de Ejército y la base naval Puerto Belgrano descansan sin sobresaltos en la justicia federal y en todo el país son casi 250 los militares y policías detenidos por delitos cometidos durante la última dictadura militar, el Tribunal Federal 1 de La Plata condenó a reclusión perpetua al ex comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz por “delitos de lesa humanidad” cometidos “en el marco del genocidio que tuvo lugar en la Argentina entre 1976 y 1983”. El ex director de investigaciones de la policía bonaerense fue condenado por dos privaciones ilegales de la libertad y torturas y seis homicidios agravados, entre ellos los de Nora Lidia Formiga y Elena Arce Sahores, jóvenes enfermeras de Bahía Blanca, docentes en la Cruz Roja platense y militantes de la Juventud Universitaria Peronista. Sus historias han sido reconstruidas por familiares y allegados desde el comienzo de la democracia hasta estos días, ya que también formaron parte del Juicio a las Juntas en 1985 y del Juicio por la Verdad de La Plata en 1999. La condena incluyó el caso de Diana Teruggi, asesinada durante un operativo que incluyó el secuestro de su beba Clara Anahí Mariani, aún no restituida, y el asesinato del bahiense Juan Carlos Peiris, miembro de la Juventud de Trabajadores Peronistas.
“Son mis amigas”
El 22 de noviembre de 1977 Elena Arce Sahores viajó de Buenos Aires a La Plata para dar clases de enfermería en la Cruz Roja. Eran las 17.30 cuando llegaba junto a su novio al departamento de su amiga Nora Formiga, en calle 54 al 1271. Metros antes vieron un tumulto, corridas, testigos paralizados. El muchacho sugirió alejarse pero Elena reconoció a las víctimas.
- ¿Por qué se llevan a mis amigas? -gritó.
- ¿Las conoce? -preguntó, fusil en mano, uno de los secuestradores.
- Son mis amigas.
Las secuestradas eran Nora, Teresa Calderoni, otra joven embarazada no identificada y, tras su presentación, Elena. La patota la integraban miembros del Regimiento 7 de Infantería y policías bonaerenses de civil. Les ataron las manos por la espalda, las encapucharon, las metieron en los baúles de un Dodge 1500 naranja y un Renault 12 azul y partieron con rumbo desconocido.
A los tres días volvieron a saquear el departamento. Abrieron con la llave de la secuestrada y cargaron los muebles en un camión del Ejército. Como el dueño vivía en el edificio levantaron un acta “para dejar expresa constancia de los elementos secuestrados en la finca”. Enumeraron unos pocos, que tampoco devolvieron. La firmaron el capitán Enrique Armando Cicciari y el sargento primero Juan Basilio Viscelli. En la faja de clausura se leía “R.I.7. Grupo Operacional 113”.
Calderoni fue liberada al mes. La tiraron al costado de un camino. “No puedo hablar porque me matan”, repitió durante años. En cautiverio vio a Nora y a Elena, muy torturadas, en el centro clandestino La Cacha, en la localidad de Olmos. Luego fueron trasladadas a la comisaría 8 de La Plata, donde compartieron calabozo durante ocho días. La noche del 20 de enero de 1978 les avisaron que serían liberadas y se las llevaron.
En la seccional policial alcanzaron a compartir datos sobre La Cacha, que luego permitieron reconstruir el “circuito Camps”, como se conoce a los centros clandestinos del sur del Gran Buenos Aires regenteados por el ex coronel Ramón Camps. El mes pasado, después de 29 años, familiares de Adriana Tasca –secuestrada durante su quinto mes de embarazo- le agradecieron a las hermanas Formiga el gesto de Nora y Elena. Las bahienses informaron al resto de los cautivos que Adriana estaba en La Cacha y su certeza de que no la matarían sin antes parir. El dato permitió no abandonar la búsqueda e identificar al nieto 82 recuperado por Abuelas de Plaza de Mayo.
“Los cuerpos no se entregan”
En febrero de 1978, en medio del calvario que para los familiares de desaparecidos implicó el silencio de militares y eclesiásticos, Alfredo Arce Garzón logró entrevistarse con el coronel Mario Horacio Torres, jefe del departamento operaciones del Cuerpo V. Según declaró el padre de Elena durante el Juicio a las Juntas, el militar tomó nota, prometió averiguar y días después le aconsejó “no piense más en ella y rece mucho”. Tres días después, cuando le reclamó el cuerpo de su hija para sepultarla, el coronel fue elocuente: “los cuerpos no se entregan”.
Siete años atrás, durante el Juicio por la Verdad, Torres dio su versión de aquellos diálogos. Recibió a Arce Garzón “con un copetín” pero “el señor, poco comunicativo, no tomó ni comió nada”. Después habló con “un compañero, el coronel Roberto Roualdés”, quien al día siguiente le respondió que “no existe ninguna lista donde esa persona figure como desaparecida (sic) o baja en combate”. Roualdés no era cualquier compañero: era jefe de la subzona Capital, dueño de la vida y la muerte en la mayor ciudad argentina. Al comunicarle la noticia Torres notó al padre de Elena “más angustiado” y le recomendó “una profunda fe en Dios, que rece mucho”.
Cuando los jueces le recordaron las palabras de Arce Garzón el coronel negó haber admitido la desaparición de Elena. “Jamás podría decirle a un padre de la muerte de su hija y menos hablar del cadáver”. Arce Garzón ya no estaba para responderle pero su hija Alejandra se encargó de recordar las verdaderas palabras del militar y agregó que durante el último diálogo “Torres le dijo que se olvidara de él porque si le preguntaban algo no lo iba a conocer”. Aún nadie denunció al coronel Torres por falso testimonio.
“No servía para matar”
En agosto de 1978 un nuevo dato reavivó esperanzas. En respuesta a un hábeas corpus la comisaría 8 informó que Elena, Nora y Margarita Delgado habían ingresado como detenidas e incomunicadas el 11 de enero y nueve días más tarde habían sido liberadas “a disposición del Área Operacional 113”.
- Pero no busque más a Elena, está en el cielo –le aconsejó al padre de la víctima un oficial de apellido Inchausti.
Tres años después el entonces capitán de fragata Jorge Retes admitió en presencia de Alejandra Arce que había visto a las enfermeras secuestradas en la Escuela de Mecánica de la Armada. “Las careamos en la ESMA para determinar su ingreso a Montoneros”, agregó. Según declaró la ex esposa de Retes en 1999 el marino contó que intentaron utilizarla “en la contraguerrilla” pero “como no servía para matar” los oficiales de la Armada “la usaban para mantener relaciones sexuales”. Retes se retiró como capitán de navío y vivió impune en Bahía Blanca hasta su muerte en septiembre de 2000.
No es el único dato sobre la participación de la Armada. Al recibirse de enfermera Calderoni consiguió trabajo en el Hospital Naval, donde un suboficial le confesó “yo te conozco, vos sos la Tana”. Casi se desmaya: así la llamaban en cautiverio. “Yo te quería mucho pero tus amigas están muertas, nosotros las matamos”, admitió el marino. Al día siguiente la mujer renunció.
En 1999 el Equipo Argentino de Antropología Forense exhumó tres cadáveres hallados el 21 de enero de 1978 en la intersección de las rutas 6 y 215, cerca de La Plata, y confirmó que se trataba de Nora, Elena y Margarita Delgado, las enfermeras “liberadas” el día anterior de la comisaría 8. Según el acta de defunción las tres “NN” (no name, sin nombre) habían fallecido por “destrucción de masa encefálica por proyectil de arma de fuego”. Esta semana Etchecolatz se convirtió en el primer asesino condenado por esos crímenes.
PERPETUA PARA EL EX COMISARIO ETCHECOLATZ
Mientras en Bahía Blanca continúan impunes los crímenes cometidos al amparo del Estado Terrorista, en La Plata el ex comisario Miguel Etchecolatz fue condenado a reclusión perpetua por los homicidios agravados de las enfermeras bahienses Nora Formiga y Elena Arce Sahores.
Por Diego Martínez
Mientras las causas por los crímenes cometidos en jurisdicción del Cuerpo V de Ejército y la base naval Puerto Belgrano descansan sin sobresaltos en la justicia federal y en todo el país son casi 250 los militares y policías detenidos por delitos cometidos durante la última dictadura militar, el Tribunal Federal 1 de La Plata condenó a reclusión perpetua al ex comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz por “delitos de lesa humanidad” cometidos “en el marco del genocidio que tuvo lugar en la Argentina entre 1976 y 1983”. El ex director de investigaciones de la policía bonaerense fue condenado por dos privaciones ilegales de la libertad y torturas y seis homicidios agravados, entre ellos los de Nora Lidia Formiga y Elena Arce Sahores, jóvenes enfermeras de Bahía Blanca, docentes en la Cruz Roja platense y militantes de la Juventud Universitaria Peronista. Sus historias han sido reconstruidas por familiares y allegados desde el comienzo de la democracia hasta estos días, ya que también formaron parte del Juicio a las Juntas en 1985 y del Juicio por la Verdad de La Plata en 1999. La condena incluyó el caso de Diana Teruggi, asesinada durante un operativo que incluyó el secuestro de su beba Clara Anahí Mariani, aún no restituida, y el asesinato del bahiense Juan Carlos Peiris, miembro de la Juventud de Trabajadores Peronistas.
“Son mis amigas”
El 22 de noviembre de 1977 Elena Arce Sahores viajó de Buenos Aires a La Plata para dar clases de enfermería en la Cruz Roja. Eran las 17.30 cuando llegaba junto a su novio al departamento de su amiga Nora Formiga, en calle 54 al 1271. Metros antes vieron un tumulto, corridas, testigos paralizados. El muchacho sugirió alejarse pero Elena reconoció a las víctimas.
- ¿Por qué se llevan a mis amigas? -gritó.
- ¿Las conoce? -preguntó, fusil en mano, uno de los secuestradores.
- Son mis amigas.
Las secuestradas eran Nora, Teresa Calderoni, otra joven embarazada no identificada y, tras su presentación, Elena. La patota la integraban miembros del Regimiento 7 de Infantería y policías bonaerenses de civil. Les ataron las manos por la espalda, las encapucharon, las metieron en los baúles de un Dodge 1500 naranja y un Renault 12 azul y partieron con rumbo desconocido.
A los tres días volvieron a saquear el departamento. Abrieron con la llave de la secuestrada y cargaron los muebles en un camión del Ejército. Como el dueño vivía en el edificio levantaron un acta “para dejar expresa constancia de los elementos secuestrados en la finca”. Enumeraron unos pocos, que tampoco devolvieron. La firmaron el capitán Enrique Armando Cicciari y el sargento primero Juan Basilio Viscelli. En la faja de clausura se leía “R.I.7. Grupo Operacional 113”.
Calderoni fue liberada al mes. La tiraron al costado de un camino. “No puedo hablar porque me matan”, repitió durante años. En cautiverio vio a Nora y a Elena, muy torturadas, en el centro clandestino La Cacha, en la localidad de Olmos. Luego fueron trasladadas a la comisaría 8 de La Plata, donde compartieron calabozo durante ocho días. La noche del 20 de enero de 1978 les avisaron que serían liberadas y se las llevaron.
En la seccional policial alcanzaron a compartir datos sobre La Cacha, que luego permitieron reconstruir el “circuito Camps”, como se conoce a los centros clandestinos del sur del Gran Buenos Aires regenteados por el ex coronel Ramón Camps. El mes pasado, después de 29 años, familiares de Adriana Tasca –secuestrada durante su quinto mes de embarazo- le agradecieron a las hermanas Formiga el gesto de Nora y Elena. Las bahienses informaron al resto de los cautivos que Adriana estaba en La Cacha y su certeza de que no la matarían sin antes parir. El dato permitió no abandonar la búsqueda e identificar al nieto 82 recuperado por Abuelas de Plaza de Mayo.
“Los cuerpos no se entregan”
En febrero de 1978, en medio del calvario que para los familiares de desaparecidos implicó el silencio de militares y eclesiásticos, Alfredo Arce Garzón logró entrevistarse con el coronel Mario Horacio Torres, jefe del departamento operaciones del Cuerpo V. Según declaró el padre de Elena durante el Juicio a las Juntas, el militar tomó nota, prometió averiguar y días después le aconsejó “no piense más en ella y rece mucho”. Tres días después, cuando le reclamó el cuerpo de su hija para sepultarla, el coronel fue elocuente: “los cuerpos no se entregan”.
Siete años atrás, durante el Juicio por la Verdad, Torres dio su versión de aquellos diálogos. Recibió a Arce Garzón “con un copetín” pero “el señor, poco comunicativo, no tomó ni comió nada”. Después habló con “un compañero, el coronel Roberto Roualdés”, quien al día siguiente le respondió que “no existe ninguna lista donde esa persona figure como desaparecida (sic) o baja en combate”. Roualdés no era cualquier compañero: era jefe de la subzona Capital, dueño de la vida y la muerte en la mayor ciudad argentina. Al comunicarle la noticia Torres notó al padre de Elena “más angustiado” y le recomendó “una profunda fe en Dios, que rece mucho”.
Cuando los jueces le recordaron las palabras de Arce Garzón el coronel negó haber admitido la desaparición de Elena. “Jamás podría decirle a un padre de la muerte de su hija y menos hablar del cadáver”. Arce Garzón ya no estaba para responderle pero su hija Alejandra se encargó de recordar las verdaderas palabras del militar y agregó que durante el último diálogo “Torres le dijo que se olvidara de él porque si le preguntaban algo no lo iba a conocer”. Aún nadie denunció al coronel Torres por falso testimonio.
“No servía para matar”
En agosto de 1978 un nuevo dato reavivó esperanzas. En respuesta a un hábeas corpus la comisaría 8 informó que Elena, Nora y Margarita Delgado habían ingresado como detenidas e incomunicadas el 11 de enero y nueve días más tarde habían sido liberadas “a disposición del Área Operacional 113”.
- Pero no busque más a Elena, está en el cielo –le aconsejó al padre de la víctima un oficial de apellido Inchausti.
Tres años después el entonces capitán de fragata Jorge Retes admitió en presencia de Alejandra Arce que había visto a las enfermeras secuestradas en la Escuela de Mecánica de la Armada. “Las careamos en la ESMA para determinar su ingreso a Montoneros”, agregó. Según declaró la ex esposa de Retes en 1999 el marino contó que intentaron utilizarla “en la contraguerrilla” pero “como no servía para matar” los oficiales de la Armada “la usaban para mantener relaciones sexuales”. Retes se retiró como capitán de navío y vivió impune en Bahía Blanca hasta su muerte en septiembre de 2000.
No es el único dato sobre la participación de la Armada. Al recibirse de enfermera Calderoni consiguió trabajo en el Hospital Naval, donde un suboficial le confesó “yo te conozco, vos sos la Tana”. Casi se desmaya: así la llamaban en cautiverio. “Yo te quería mucho pero tus amigas están muertas, nosotros las matamos”, admitió el marino. Al día siguiente la mujer renunció.
En 1999 el Equipo Argentino de Antropología Forense exhumó tres cadáveres hallados el 21 de enero de 1978 en la intersección de las rutas 6 y 215, cerca de La Plata, y confirmó que se trataba de Nora, Elena y Margarita Delgado, las enfermeras “liberadas” el día anterior de la comisaría 8. Según el acta de defunción las tres “NN” (no name, sin nombre) habían fallecido por “destrucción de masa encefálica por proyectil de arma de fuego”. Esta semana Etchecolatz se convirtió en el primer asesino condenado por esos crímenes.
sábado, 9 de septiembre de 2006
"Que diga asesinados"
Ecodías
La masacre de calle Catriel
Por la tarde, cerca de 300 personas se acercaron al espacio verde destinado por ordenanza para recordar a Zulma Matzkin, Juan Carlos Castillo, Pablo Fornasari y Mario Tarchitzki, jóvenes asesinados por las fuerzas represoras del terrorismo de Estado el 4 de septiembre de 1976. Sus muertes fueron fraguadas bajo un “enfrentamiento” en Catriel 321, previo a los secuestros seguidos de torturas en el centro clandestino de detención local “La Escuelita” ubicado en territorio del V Cuerpo del Ejército. Justamente por esta causa está detenido Santiago “el Tío” Cruciani, represor e interrogador de La Escuelita, quien ya se negó a declarar en tres oportunidades.
Testimonios sentidos
Luego de leer las innumerables adhesiones y compartir la lectura de la poesía “Dónde están”, comenzaron los emotivos testimonios de familiares y amigos de las víctimas.
Alberto Oliver, amigo de Juan Carlos Castillo, habló “de su hombría, de su valentía, de su amor hacia los demás, su solidaridad y de todo eso que hacía de él un excelente hombre”. Juan Carlos Pisano fue compañero de militancia, y lo recordó “como esas personas que pasan por la vida de uno y dejan una marca muy grande, era una persona buena, con todo lo que significa la bondad”.
A Pablo Fornasari lo trajo al presente Nora Peralta, compañera de la carrera de veterinaria: “Era un excelente alumno, comprometido con la carrera que había abrazado con el objetivo de ponerla al servicio de los intereses populares el día que obtuviera su título (...) Era un ser muy comprometido con lo que hacía, desde estudiar hasta militar. Se destacaba por su gran compañerismo, su solidaridad, su gran sensibilidad hacia los más desprotegidos, los más humildes... era un líder natural”. Por su parte Enrique, hermano de Pablo, por primera vez participó activamente en un acto por la memoria y dijo que “todavía hay muchas cosas que solucionar, muchas heridas por cerrar”. Cerró el recuerdo por Pablo, Hernán Fuentes, compañero de militancia.
Sobre Zulma Matzkin, su sobrino Sandro exclamó que “a pesar de que no está debemos pretender aprender del ejemplo que dejó, a ser buenas personas, solidarias, a pelear por lo que creemos es justo, a dejar un mundo mejor al que encontramos (…) mi tía vive en mi memoria, pero además de memoria también tenemos la obligación de pedir justicia, de pretender la verdad, que es algo tan fuerte que es capaz de levantarse de una tumba para ir a darle en el rostro a los genocidas”.
Por último Fabián Lew leyó una emotiva carta escrita por Clarita, hermana de Mario Tarchitzki, quien hoy vive en Israel y junto a su familia no olvidan a “Manolo”.
El acto terminó con el descubrimiento del boceto de la escultura que homenajeará a los bahienses fusilados en Catriel 321 donde también son reprensados a partir del pasado lunes por cuatro árboles con sus nombres plantados por sus propios familiares.
La masacre de calle Catriel
Por la tarde, cerca de 300 personas se acercaron al espacio verde destinado por ordenanza para recordar a Zulma Matzkin, Juan Carlos Castillo, Pablo Fornasari y Mario Tarchitzki, jóvenes asesinados por las fuerzas represoras del terrorismo de Estado el 4 de septiembre de 1976. Sus muertes fueron fraguadas bajo un “enfrentamiento” en Catriel 321, previo a los secuestros seguidos de torturas en el centro clandestino de detención local “La Escuelita” ubicado en territorio del V Cuerpo del Ejército. Justamente por esta causa está detenido Santiago “el Tío” Cruciani, represor e interrogador de La Escuelita, quien ya se negó a declarar en tres oportunidades.
Testimonios sentidos
Luego de leer las innumerables adhesiones y compartir la lectura de la poesía “Dónde están”, comenzaron los emotivos testimonios de familiares y amigos de las víctimas.
Alberto Oliver, amigo de Juan Carlos Castillo, habló “de su hombría, de su valentía, de su amor hacia los demás, su solidaridad y de todo eso que hacía de él un excelente hombre”. Juan Carlos Pisano fue compañero de militancia, y lo recordó “como esas personas que pasan por la vida de uno y dejan una marca muy grande, era una persona buena, con todo lo que significa la bondad”.
A Pablo Fornasari lo trajo al presente Nora Peralta, compañera de la carrera de veterinaria: “Era un excelente alumno, comprometido con la carrera que había abrazado con el objetivo de ponerla al servicio de los intereses populares el día que obtuviera su título (...) Era un ser muy comprometido con lo que hacía, desde estudiar hasta militar. Se destacaba por su gran compañerismo, su solidaridad, su gran sensibilidad hacia los más desprotegidos, los más humildes... era un líder natural”. Por su parte Enrique, hermano de Pablo, por primera vez participó activamente en un acto por la memoria y dijo que “todavía hay muchas cosas que solucionar, muchas heridas por cerrar”. Cerró el recuerdo por Pablo, Hernán Fuentes, compañero de militancia.
Sobre Zulma Matzkin, su sobrino Sandro exclamó que “a pesar de que no está debemos pretender aprender del ejemplo que dejó, a ser buenas personas, solidarias, a pelear por lo que creemos es justo, a dejar un mundo mejor al que encontramos (…) mi tía vive en mi memoria, pero además de memoria también tenemos la obligación de pedir justicia, de pretender la verdad, que es algo tan fuerte que es capaz de levantarse de una tumba para ir a darle en el rostro a los genocidas”.
Por último Fabián Lew leyó una emotiva carta escrita por Clarita, hermana de Mario Tarchitzki, quien hoy vive en Israel y junto a su familia no olvidan a “Manolo”.
El acto terminó con el descubrimiento del boceto de la escultura que homenajeará a los bahienses fusilados en Catriel 321 donde también son reprensados a partir del pasado lunes por cuatro árboles con sus nombres plantados por sus propios familiares.
sábado, 15 de julio de 2006
Detuvieron al interrogador de La Escuelita
Página/12
La Justicia de Bahía Blanca ordenó la detención del suboficial Santiago Cruciani, torturador del campo de concentración del Cuerpo V de Ejército. Su historia y los testimonios de sus víctimas.
Por Diego Martínez
“¡Dale de nuevo, Laucha!”, ordenaba con voz ronca al pie de la mesa de torturas. El Laucha apoyaba la picana sobre cuerpos desnudos, vendados, atados de pies y manos, que se arqueaban por el paso de la corriente. El recuerdo pertenece a Oscar Meilán, ex detenido-desaparecido del campo de concentración del Cuerpo V. La voz, a “el Tío” o “mayor Mario Mancini”, alias e identidad de encubrimiento del suboficial de inteligencia Santiago Cruciani, principal interrogador de La Escuelita de Bahía Blanca, detenido el sábado por orden del juez federal Alcindo Alvarez Canale y alojado desde el lunes en un calabozo de la Policía Federal bahiense.
Su voz retumba en la memoria de los sobrevivientes. “Tenía una risa sarcástica y hacía gala de un gran manejo político”, recuerda Oscar Bermúdez. Su trabajo en Bahía comenzó un año del golpe, cuando llegó al Destacamento de Inteligencia 181 y se vinculó con matones sindicales y militantes de la Concentración Nacionalista Universitaria. Los últimos dos meses de 1975 participó del Operativo Independencia, en Tucumán, y ya en los días previos al golpe interrogó bajo tortura a los primeros secuestrados de la ciudad. Pero lo suyo no se limitó al cuartel: también recibió en su oficina a familiares de desaparecidos, con los cuales mantuvo contacto epistolar cuando lo trasladaron a la Agregaduría Miliar en Lima, a fines de 1977.
Hombre de convicciones religiosas, no dudó en acercarse a la parroquia Nuestra Señora del Carmen, donde oficiaba misa el sacerdote Néstor Hugo Navarro, actual obispo de Alto Valle, considerado por algunos sobrevivientes “el pastor que nos contuvo, la única voz de la Iglesia en Bahía Blanca”. Ante la justicia Navarro declaró que en junio de 1976 el falso Mancini “se presentó como suboficial del Ejército en el colegio La Inmaculada”. Trataron temas “de neto corte pastoral y espiritual”, incluso “se mostraba partidario sobre todo aspecto renovador de la Iglesia”. Con los meses el tema cambió: el sacerdote consultaba al torturador sobre “personas desaparecidas de mi conocimiento”. Le confesó que a Carlos Rivera lo tenía el Ejército (que días después lo fusiló en un tiroteo fraguado), que al desaparecido Horacio Russín “lo tiene la Armada”, y le anticipó la liberación de Diana Diez, secuestrada por la Marina, una semana antes de que se concretara.
El actual diácono de la parroquia, Alberto Migliorici, quien compartió un grupo pastoral con el torturador, recuerda el caso de Elizabeth Frers, militante católica formada en el centro pastoral La Pequeña Obra y en la Juventud Universitaria Católica, vista en La Escuelita y ejecutada en La Plata: “Estaba fascinado. Decía que era la síntesis perfecta entre catolicismo y marxismo. Un día dijo ‘vamos a tratar de sacarla a flote’. Después dejó de nombrarla”. Consultado sobre los enfrentamientos fraguados, Cruciani “daba a entender que al Ejército no le interesaba mostrar grandes carnicerías sino pequeños enfrentamientos. Usaba el término ‘noticia falopa’, es decir información para justificar lo que hacían”.
El 31 de mayo de 2000, en el marco del Juicio por la Verdad, la Cámara Federal bahiense se trasladó a Mendoza para escucharlo. La acompañaron ex detenidos-desaparecidos que conocían su voz pero no su rostro. Encontraron a un hombre alto, calvo, pelo blanco, anteojos, bigote, cejas gruesas, jean y campera verde. “Se hacía el viejito decrépito, disfrazado de abuelito, no lo podía creer -recuerda la sobreviviente Patricia Chabat-. Sentí asco, ganas de preguntarle ¿dónde están los demás?, pero sólo atiné a gritar ‘Tío, Tío’, lo único que me salía”.
Cruciani dio sus datos personales y dijo “no voy a seguir declarando”. Los jueces le informaron que lo consideraban “uno de los ejecutores con mayor intervención en los interrogatorios” y ordenaron su arresto, domiciliario por su salud, hasta que se dignara a hablar. Su esposa Yolanda Pozzi denunció al tribunal bahiense por “privación ilegal de la libertad y torturas” (sic). Estuvo 36 días detenido hasta que la Corte Suprema ordenó a la Cámara Federal bahiense que remitiera el expediente a Casacion Penal, que paralizó el juicio y ordenó liberarlo. Tras un escrache de HIJOS Mendoza se mudó a San Juan, pago de los Pozzi, y luego a Mar del Plata, donde vive una de sus hijas. Hasta el sábado estuvo escondido en una casa del barrio “2 de Abril”.
La Justicia de Bahía Blanca ordenó la detención del suboficial Santiago Cruciani, torturador del campo de concentración del Cuerpo V de Ejército. Su historia y los testimonios de sus víctimas.
Por Diego Martínez
“¡Dale de nuevo, Laucha!”, ordenaba con voz ronca al pie de la mesa de torturas. El Laucha apoyaba la picana sobre cuerpos desnudos, vendados, atados de pies y manos, que se arqueaban por el paso de la corriente. El recuerdo pertenece a Oscar Meilán, ex detenido-desaparecido del campo de concentración del Cuerpo V. La voz, a “el Tío” o “mayor Mario Mancini”, alias e identidad de encubrimiento del suboficial de inteligencia Santiago Cruciani, principal interrogador de La Escuelita de Bahía Blanca, detenido el sábado por orden del juez federal Alcindo Alvarez Canale y alojado desde el lunes en un calabozo de la Policía Federal bahiense.
Su voz retumba en la memoria de los sobrevivientes. “Tenía una risa sarcástica y hacía gala de un gran manejo político”, recuerda Oscar Bermúdez. Su trabajo en Bahía comenzó un año del golpe, cuando llegó al Destacamento de Inteligencia 181 y se vinculó con matones sindicales y militantes de la Concentración Nacionalista Universitaria. Los últimos dos meses de 1975 participó del Operativo Independencia, en Tucumán, y ya en los días previos al golpe interrogó bajo tortura a los primeros secuestrados de la ciudad. Pero lo suyo no se limitó al cuartel: también recibió en su oficina a familiares de desaparecidos, con los cuales mantuvo contacto epistolar cuando lo trasladaron a la Agregaduría Miliar en Lima, a fines de 1977.
Hombre de convicciones religiosas, no dudó en acercarse a la parroquia Nuestra Señora del Carmen, donde oficiaba misa el sacerdote Néstor Hugo Navarro, actual obispo de Alto Valle, considerado por algunos sobrevivientes “el pastor que nos contuvo, la única voz de la Iglesia en Bahía Blanca”. Ante la justicia Navarro declaró que en junio de 1976 el falso Mancini “se presentó como suboficial del Ejército en el colegio La Inmaculada”. Trataron temas “de neto corte pastoral y espiritual”, incluso “se mostraba partidario sobre todo aspecto renovador de la Iglesia”. Con los meses el tema cambió: el sacerdote consultaba al torturador sobre “personas desaparecidas de mi conocimiento”. Le confesó que a Carlos Rivera lo tenía el Ejército (que días después lo fusiló en un tiroteo fraguado), que al desaparecido Horacio Russín “lo tiene la Armada”, y le anticipó la liberación de Diana Diez, secuestrada por la Marina, una semana antes de que se concretara.
El actual diácono de la parroquia, Alberto Migliorici, quien compartió un grupo pastoral con el torturador, recuerda el caso de Elizabeth Frers, militante católica formada en el centro pastoral La Pequeña Obra y en la Juventud Universitaria Católica, vista en La Escuelita y ejecutada en La Plata: “Estaba fascinado. Decía que era la síntesis perfecta entre catolicismo y marxismo. Un día dijo ‘vamos a tratar de sacarla a flote’. Después dejó de nombrarla”. Consultado sobre los enfrentamientos fraguados, Cruciani “daba a entender que al Ejército no le interesaba mostrar grandes carnicerías sino pequeños enfrentamientos. Usaba el término ‘noticia falopa’, es decir información para justificar lo que hacían”.
El 31 de mayo de 2000, en el marco del Juicio por la Verdad, la Cámara Federal bahiense se trasladó a Mendoza para escucharlo. La acompañaron ex detenidos-desaparecidos que conocían su voz pero no su rostro. Encontraron a un hombre alto, calvo, pelo blanco, anteojos, bigote, cejas gruesas, jean y campera verde. “Se hacía el viejito decrépito, disfrazado de abuelito, no lo podía creer -recuerda la sobreviviente Patricia Chabat-. Sentí asco, ganas de preguntarle ¿dónde están los demás?, pero sólo atiné a gritar ‘Tío, Tío’, lo único que me salía”.
Cruciani dio sus datos personales y dijo “no voy a seguir declarando”. Los jueces le informaron que lo consideraban “uno de los ejecutores con mayor intervención en los interrogatorios” y ordenaron su arresto, domiciliario por su salud, hasta que se dignara a hablar. Su esposa Yolanda Pozzi denunció al tribunal bahiense por “privación ilegal de la libertad y torturas” (sic). Estuvo 36 días detenido hasta que la Corte Suprema ordenó a la Cámara Federal bahiense que remitiera el expediente a Casacion Penal, que paralizó el juicio y ordenó liberarlo. Tras un escrache de HIJOS Mendoza se mudó a San Juan, pago de los Pozzi, y luego a Mar del Plata, donde vive una de sus hijas. Hasta el sábado estuvo escondido en una casa del barrio “2 de Abril”.
lunes, 10 de julio de 2006
La Cueva de los Leones


Página/12
Hace treinta años fueron secuestrados, torturados y acribillados a balazos dos delegados gremiales del diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca. La directora los había acusado de integrar un “soviet” infiltrado en la empresa. El diario minimizó la noticia y nunca más recordó el caso.
Por Diego Martínez
Tres meses después del golpe de Estado, mientras La Escuelita se poblaba de secuestrados y el Cuerpo V se cobraba sus primeras víctimas en tiroteos fraguados, un grupo de desconocidos vestidos de civil pero que se movilizaban en vehículos militares secuestró en sus hogares a Enrique Heinrich y Miguel Angel Loyola, obreros gráficos de La Nueva Provincia e integrantes del Sindicato de Artes Gráficas de Bahía Blanca. Durante los años previos ambos habían encabezado las reivindicaciones laborales de los trabajadores de la empresa. El diario dirigido por Diana Julio de Massot no denunció los secuestros, informó en veinte líneas la aparición de los cadáveres y nunca más recordó el caso. Cuando dos periodistas locales consultaron sobre esos asesinatos al responsable de los grupos operativos del Ejército, el general Adel Vilas fue contundente: “hay empresas que prefieren matar a sus empleados antes que indemnizarlos”. El arzobispo Jorge Mayer prefirió criminalizar a las víctimas para negarles su ayuda cristiana y la justicia archivó la causa sin investigar.
Heinrich era maquinista en la rotativa y secretario general del sindicato. Loyola, esterotipista y tesorero. La primera tarea juntos fue a fines de 1971: como delegados del taller reafiliaron a varios compañeros expulsados cinco años antes. No era un contexto fácil. El 25 de mayo de 1973, ante el retorno de “un sistema que la ciencia política llama democracia” (LNP 25-5-73), la nieta del fundador dejó en claro que en su empresa el régimen castrense continuaba: Héctor Morelli, obrero de la rotativa, peronista acérrimo y tío de Heinrich, fue despedido por marchar frente al diario para festejar el triunfo de Cámpora.
A fines de 1973 los quites de colaboración en demanda de aumentos salariales demoraron la salida del diario, que se publicó con menos páginas de las habituales. El primer día de 1974 el acatamiento masivo a un paro desató la ira de la patrona, que como respuesta envió cuarenta telegramas de despido compulsivo y sin indemnización. Pero por orden del ministerio de Trabajo debió reintegrarlos.
A mediados de 1975 los seis gremios que representaban a los trabajadores del multimedio (incluía también radio y canal de televisión) resolvieron en asamblea un paro por tiempo indeterminado. La medida “rompe el intento de diálogo”, explicó el asistente de dirección Federico Massot (ya fallecido) al delegado de Trabajo. En medio de referencias a Heinrich y Loyola, Massot destacó “fines políticos inconfesos” que ocasionan “un grave daño a la Nación”. Los gráficos exigían a la empresa (no a la Nación) la aplicación de un franco cada cuatro días, como establecía el convenio de trabajo. La medida tuvo alta adhesión, no hubo diario durante tres semanas y la empresa debió cumplir el convenio. En esos días el armador Manuel Molina, vocal del sindicato, fue baleado al llegar a su casa desde un Ami 8 gris que usaba el personal de seguridad del diario.
El día que La Nueva Provincia reapareció, la directora denunció la “labor disociadora” de los delegados, “cuyos fueros parecieran hacerles creer, temerariamente, que constituyen una nueva raza invulnerable de por vida” (LNP 1-9-75). Sugirió que pretendían intervenir el diario para “cooperativizarlo o crear alguna otra forma de autogestión sovietizante”, los equiparó con “la infiltración más radicalizada del movimiento obrero argentino” y anunció que “esta empresa también conoce el ‘soviet’ que aún usufructúa y aprovecha dentro de nuestra propia casa el desorden generado por un estado en descomposición”. Después condicionó el ingreso de los obreros a la firma de un acta por la cual se comprometían a colaborar y en caso de incumplimiento aceptaban ser despedidos sin indemnización. Los treinta que se negaron fueron suspendidos por cinco días.
La muerte embanderada
Al anochecer del 24 de marzo de 1976 Diana Julio y un veinteañero Vicente Massot desfilaron eufóricos con una bandera argentina alrededor de la rotativa, recuerda Molina. “¿A que no se animan a hacer huelga ahora?”, desafió la mujer a uno de los gremialistas, mientras su hijo le pateaba la bicicleta. En esos días de gloria cesantearon a 17 obreros gráficos, medida que excluyó a quienes tenían fueros sindicales.
A mediados de junio, mientras reclamaban el pago de días de paro descontados, Heinrich, Loyola y Molina fueron citados al Cuerpo V. “Nos recibió un capitán, no recuerdo el nombre –cuenta Molina. Dijo ‘muchachos, déjense de romper las pelotas, la mano viene dura’. No tomamos esa advertencia como una amenaza. No medimos qué había detrás”.
El 20 de junio la directora planteó desde su editorial que “la guerra contra la subversión debe ser total, frontal y definitiva” y exigió trasladar “dicha realidad a la ciudadanía, sin eufemismos absurdos ni verdades a medias”. Admitió la “manera no convencional” de enfrentar al enemigo, omnipresente “en la selva, el monte, la ciudad, la universidad, el hospital, el café-concert, el periodismo, la televisión e, incluso, la Iglesia”. Cuatro días después su diario publicó un comunicado del Cuerpo V sobre la muerte de Mónica Morán, “abatida en un enfrentamiento” según el Ejército, que la había secuestrado y mantenido varias semanas en cautiverio. En ese contexto de terror estatal y doble discurso llegó la hora de los gráficos.
Al atardecer del 30 de junio una patota se instaló en la casa de Loyola. Lo esperaron hasta las cuatro de la mañana, cuando terminó su jornada en la rotativa. A medida que llegaban, familiares y allegados fueron maniatados y vendados. “Algunos [de los secuestradores] usaban guantes y todos, por su manera de expresarse, denotaban cierta cultura”, declaró la mujer de Loyola en el sumario policial. Los vecinos vieron vehículos militares cortando la cuadra durante casi siete horas. Cuando cayó la presa, a los siete testigos del secuestro, incluida su mujer embarazada, los secuestradores les inyectaron somníferos en sus brazos para adormecerlos y no ser reconocidos. No sólo la Armada usaba este método en los vuelos de la muerte: también en La Escuelita bahiense se dopaba a las víctimas antes de trasladarlas.
Desde allí fueron a buscar a Heinrich, recién llegado del diario. Vivía con su esposa y cinco hijos en una casa de un dormitorio. Rompieron la puerta con un golpe seco y antes de que la familia alcanzara a moverse ya estaban en la habitación, encandilándolos con linternas. Heinrich pidió que se identificaran. “Somos de la Federal”, dijeron, y lo encañonaron. Mientras los chicos lloraban y la mujer intentaba detenerlos, Heinrich pidió que no le pegaran delante de sus hijos. Le ordenaron vestirse y se lo llevaron.
Palabra de Dios
Durante cuatro días estuvieron desaparecidos. Molina junto con un ex maestro del colegio La Piedad, donde había estudiado Loyola, fueron a la Curia a pedirle ayuda al arzobispo bahiense monseñor Jorge Mayer. Su respuesta fue la misma que escucharon todos los padres desesperados que lo consultaron por sus hijos secuestrados: “En algo andarán”. La noticia circulaba en los pasillos de La Nueva Provincia pero no apareció en sus páginas.
El domingo 4 de julio una familia que mateaba en “La cueva de los leones”, paraje a 17 kilómetros de Bahía, encontró los cadáveres maniatados por la espalda, con signos de torturas y destrozados a tiros. Los rodeaban 52 vainas calibre 9 milímetros. Aún no se sabe qué Fuerza intervino ni dónde transcurrieron sus cautiverios. Sí se sabe que ningún directivo ni periodista de La Nueva Provincia fue al velorio ni se solidarizó con las familias. El mismo día un miembro del sindicato de prensa recibió un llamado. “Ya hicimos cagar a dos rojos –le advirtieron. El próximo sos vos”. Logró viajar a Tandil con la ayuda de un periodista que aún trabaja en la empresa.
Dos días después, bajo el título “Son investigados dos homicidios”, alguien escribió la noticia en veinte líneas, perdidas en una hoja tamaño sábana. Apuntó que “se desempeñaban en la sección talleres de este diario”. Fue la primera y última referencia de La Nueva Provincia al asesinato de aquellos dos obreros que tuvieron el descaro de representar con dignidad a los empleados de la empresa
Un día después de recibir el sumario policial el juez penal de turno Francisco Bentivegna se inhibió de actuar y remitió la causa a su colega Juan Alberto Graziani, que al mes la archivó para siempre. En 1997 Jorge Molina consiguió que dos calles de la periferia bahiense recordaran a sus compañeros masacrados. Paradójicamente, están a pocas cuadras del “barrio de prensa Federico Massot”.
La amnesia bahiense / recuadro
“Con su coherencia y honestidad Heinrich y Loyola se habían ganado el respeto de sus compañeros”, recuerda Carlos Iaquinandi, miembro del Sindicato de Prensa bahiense hasta su exilio en 1976 y actual director en España del Servicio de Prensa Alternativo, SERPAL. “A pesar del miedo y las amenazas consiguieron organizar sindicalmente el taller de La Nueva Provincia. Creían en lo que hacían. No usaron el sindicato para enriquecerse ni para colocarse en ningún cargo. Al contrario, eligieron el camino más difícil. El que significó muerte, cárcel, tortura o exilio. Y por eso murieron. Por ser honestos en un tiempo donde para muchos hacer sindicalismo era llenarse los bolsillos, sacar provecho o a lo sumo pasar inadvertidos y tener buenas relaciones con las patronales. Esos quedaron vivos y libres, disfrutando de lo robado, ocupando cargos públicos y privados. Bahía Blanca sigue siendo un feudo de la amnesia colectiva impuesta y aceptada. Sólo una fenomenal hipocresía explica que treinta años después de aquellos terribles crímenes no haya una reivindicación amplia y colectiva de Heinrich y Loyola como personas y como sindicalistas.”
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