lunes, 18 de diciembre de 2006

Un fiel cumplidor de órdenes

Ecodías

Por Diego Martínez
Sin pena ni gloria, ignorado hasta por sus camaradas, olvidado por l
as plumas y sotanas que lo envalentonaron a voltear puertas en nombre de Dios y la Patria, pero impune hasta el final, murió a sus 69 años el teniente coronel (R) Emilio Jorge Fernando Ibarra, jefe del “equipo de combate contra la subversión”, como llamó en el Juicio por la Verdad a las patotas de secuestradores del Cuerpo V de Ejército durante la última dictadura, y “un fiel cumplidor de órdenes” según su propia definición.

Fue el general Adel Vilas en 1987 el primero en nombrar al “mayor Ibarra” como “jefe de grupos antisubversivos”, doscientos soldados y suboficiales trasladados a Bahía Blanca desde unidades militares de Esquel, Zapala y Puerto Deseado, que rotaban cada dos meses. Otros altos mandos lo recordaron pero negaron haberlo tenido bajo su responsabilidad. El jefe de operaciones coronel Rafael De Piano sugirió que esas bandas y el Destacamento de Inteligencia 181 dependían del general Abel Catuzzi, segundo comandante que reemplazó a Vilas. Catuzzi pateó la bola hacia arriba: del comandante, corrigió, del general Osvaldo Azpitarte, quien gracias a un derrame cerebral nunca declaró.

Aquel año Ibarra no llegó a ser citado. La obediencia debida de Raúl Alfonsín le evitó una condena inexorable. Declaró recién en 1999, aún con garantías de impunidad. “Dependía estructuralmente de la jefatura III Operaciones [a cargo del coronel Juan Manuel Bayón en 1976 y de De Piano en 1977], las órdenes me las impartía el teniente coronel [Rubén José] Ferretti”, puntualizó. “Las informaciones las suministraba el G2 [jefatura II de Inteligencia a cargo del coronel Aldo Mario Alvarez]”, y los secuestrados “los entregaba a personal de inteligencia”. De los citados, Azpitarte, Catuzzi y Ferretti murieron, Vilas en eso anda, Bayón vive, De Piano es un recoleto miembro del Círculo Militar y Alvarez está escondido en un barrio cerrado del Tigre. Los tres gozan de plena impunidad gracias a la justicia federal de Bahía Blanca.

Una tropa de ensueño
El testimonio de Ibarra durante el Juicio por la Verdad es un ejemplo insuperable de la degradación moral y la total carencia de noción del ridículo que puede padecer un represor frente a un micrófono. Ante la misma Cámara Federal que procesó por secuestros, torturas y asesinatos a los máximos jerarcas del comando, Ibarra contó que su especialidad era voltear puertas (“solamente en eventuales casos los oficiales me ganaron de mano”), logró exasperar a los jueces detallando enfrentamientos que no existieron pero “pueden chequear en La Nueva Provincia” y no se privó de relatar el día que fue herido “en combate”.
- ¿Por la propia tropa?, preguntó el fiscal Hugo Cañón, conciente que los “abatidos” Ricardo Garralda y José Luis Peralta habían estado secuestrados en La Escuelita.
- Nooo. Un rebote me pegó y una esquirla me tocó la cabeza. Me atendió el doctor Humberto Adalberti, redondeó.

“Ahí sí hubo intercambio de disparos”, lo traicionó el inconsciente cuando le preguntaron por el único tiroteo de su vida, al mando de un centenar de soldados contra una pareja de militantes montoneros. Pese a que Daniel Hidalgo ya estaba muerto y “Chela” Souto Castillo tenía 21 años y cuatro meses de embarazo, no se animaron a reducirla: se parapetaron en un edificio vecino y con una bazuca destruyeron el cuarto piso de Fitz Roy 137 para matarla.

Ibarra contó que, a diferencia de Vilas, el general Catuzzi recomendó “no matar a golpes” a los detenidos, admitió que los bienes robados se llevaban en camión al cuartel y “se hacía un inventario en un cuaderno”, aunque dijo ignorar el destino final. Cuando el juez Luis Cotter le preguntó la cantidad de muertos de su tropa Ibarra sonrió: “por suerte ninguno”. Calculó en apenas “seis o siete” los asesinados por el Ejército y en “cuarenta y pico” los detenidos. “Mi misión era entregarlos a inteligencia”, los acompañaba “hasta la tranquera” aunque “la prudencia sugería no tomar conocimiento” sobre los procedimientos aplicados en La Escuelita.

El médico Alberto Taranto tuvo la desgracia de conocerlo mientras cumplía una guardia en el Hospital Militar. Ibarra llegó agitado y pidió “urgente un médico para La Escuelita”. El conscripto se negó, discutieron, intercedió el subdirector del hospital, mayor odontólogo Oscar Augusto Argaño, pero Taranto le repitió que se negaba a ir a un centro clandestino. Argaño lo llevó ante el director, coronel Raúl Mariné, que le notificó una sanción de cinco días de arresto y partió con Ibarra rumbo a La Escuelita.

En 1979, cuando lo designaron juez de instrucción militar, pidió el pase a retiro. Nada de papeles. Aunque no se lo habían planteado como posibilidad el comandante lo sancionó por “no haber reflexionado exhaustivamente”, lamentó su “limitado sentido de la responsabilidad” y su “nula vocación” para una materia tan rigurosa como la justicia militar. No fueron requisitos excluyentes: hasta su retiro en 1985 se dedicó junto al teniente coronel Jorge Alberto Burlando a negar la existencia del “lugar denominado La Escuelita”, donde los sobrevivientes denunciaban haber sido torturados, y a reiterar la falacia oficial de hacer pasar por “enfrentamientos con las fuerzas legales” a los fusilamientos de personas destruidas por la tortura y adormecidas por los médicos militares. A diferencia de Burlando, abogado auditor, Ibarra instruía causas sobre las mismas personas que había secuestrado.

Su muerte pasó desapercibida tanto para los capellanes castrenses que lo auxiliaron en momentos difíciles y tuvo la deferencia de nombrar ante la justicia (Aldo Vara y Dante Vega) como para el arzobispo Jorge Mayer, que supo bendecir condecoraciones por enfrentar a “la guerrilla subversiva que quiere arrebatarnos la cruz”, e incluso para La Nueva Provincia, que no dedicó una línea al guerrero ni tuvo la delicadeza de bonificarle el aviso fúnebre a sus hijos y nietos. Así mueren.

sábado, 25 de noviembre de 2006

Un avance en Bahía Blanca


Página/12
PROCESARON AL REPRESOR SANTIAGO “El TIO” CRUCIANI

Por Diego Martínez

Luego de negarse a declarar en cinco
oportunidades y previa denuncia por retardo de justicia del fiscal general Hugo Cañón, el juez federal Alcindo Alvarez Canale procesó y le dictó prisión preventiva al suboficial de inteligencia (R) Santiago Cruciani, alias “Tío” o “Mario Mancini”, principal interrogador al pie de la mesa de torturas del centro clandestino La Escuelita dependiente del V Cuerpo de Ejército. El juez lo consideró partícipe necesario en al menos 38 delitos de lesa humanidad, incluidas tres desapariciones forzadas, diez homicidios agravados por alevosía, trece secuestros seguidos de torturas, y fijó su responsabilidad civil en 7,5 millones de pesos.

Cruciani vivió en Mendoza hasta que lo escrachó la agrupación H.I.J.O.S. Se escondió en San Juan y luego en Mar del Plata, donde fue detenido el 10 de julio. Durante cuatro meses estuvo alojado en una confortable oficina de la Policía Federal. En agosto, el juez rechazó un pedido de arresto domiciliario planteado por la esposa del represor, Yolanda Ester Pozzi, una ex agente del Servicio de Inteligencia del Ejército que en el año 2000, cuando la Cámara Federal bahiense ordenó detener a su marido por negarse a declarar en el Juicio por la Verdad, denunció al tribunal por “privación ilegal de la libertad y torturas” (sic).

A principios de octubre, los fiscales Cañón y Antonio Castaño solicitaron su procesamiento por segunda vez, pero el juez se tomó un mes y medio más para resolver. Ayer a primera hora apeló la resolución el flamante defensor de Cruciani, teniente coronel auditor (R) Mauricio Daniel Gutiérrez, un abogado que durante la dictadura prestó servicios en el departamento jurídico del V Cuerpo, que se ufana ante sus íntimos de haber estado “un par de veces” en La Escuelita y que en los ’90 estuvo procesado por falsedad ideológica de documento público y encubrimiento del asesinato del soldado Omar Carrasco, causa prescripta en el 2005.

Cruciani, de 71 años, es el primer militar procesado en Bahía Blanca desde la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de impunidad y será trasladado en los próximos días al penal de Marcos Paz. En tanto continúa sin juez la causa por los secuestros, torturas y desapariciones cometidos por la Armada en el centro clandestino que funcionó en Baterías, base de Infantería de Marina. Tras las excusaciones de Alvarez Canale y Ramón Dardanelli Alsina, la Cámara Federal declaró nula la designación del juez ad hoc Francisco Gros (designado a dedo por Alvarez Canale), y ya se excusaron cuatro abogados elegidos por sorteo.

viernes, 6 de octubre de 2006

Llenar los blancos

Página/12, suplemento Las/12

La semana que viene se presenta en Buenos Aires La Escuelita, relatos testimoniales, el libro que Alicia Partnoy publicó en Estados Unidos en 1986 y que recién este año tendrá su edición en castellano. En una prosa que usa la primera persona para esos relatos que dan cuenta de los mínimos gestos de resistencia en medio de la anomia y el horror del campo de concentración, y la tercera cuando necesita contar con frialdad ese mismo absurdo, Partnoy se suma, como otras mujeres, al relato coral de múltiples testimonios que este mismo año volvieron a inscribirse con fuerza también en el terreno institucional –aunque con características distintas– y que dan cuenta de que sólo hay límites difusos entre la historia y el presente, algunos –como en el caso del testigo desaparecido– terriblemente desdibujados.

Por Liliana Viola

¿Quién dijo que la historia se sitúa en el pasado? Esta pregunta y otros cuestionamientos de tal grado de alerta y de dolor contribuyeron a entornar la puerta para toda una literatura testimonial que comenzó a circular en la Argentina con más fuerza que nunca, ahora que se cumplieron los 30 años del golpe. El testimonio del horror conforma un género difuso, incompleto para quienes busquen respuestas y precisiones. A su vez, elaborado bajo reglas muy diferentes a las de los otros discursos –el jurídico e incluso el de los derechos humanos– que en nuestro país han servido desde el comienzo de la democracia y sobre todo, desde el Juicio a las Juntas para demostrar la falacia de algunos conceptos impuestos, como “los dos demonios”, “la guerra sucia”, “la lucha contra la subversión”. Palabras que se abalanzaron en su momento y que por estos días intentan emerger como si la historia no alcanzara para hacerse cargo del presente. Esta pregunta habrá que hacerla ahora y en voz alta. Pero por sobre todo, se trata de un género único, heredero de la autobiografía y concentrado en la perversión de un instante; tiene el don de dar cuenta del horror en carne propia. “Mientras sea desaparecido –decía Videla hace 30 años– no puede tener tratamiento especial, porque no tiene identidad: no está muerto ni vivo.” Esta suspensión de la identidad, y la avalancha contra el sentido que da tiempo y coartada para que un Estado asesine, tiene, del otro lado, una maquinaria de recuerdos confusos y aparentemente débiles que buscan recuperar el sentido difuminado. El testimonio parece no tener utilidad, valor de cambio, y sin embargo puede situar la historia –y con ella parte de lo inexplicable– en el tiempo presente de quien está leyendo.

POESIAS EN LA ESCUELITA


Por estos días comenzaron a reeditarse en castellano algunas obras testimoniales que fueron escritas hace muchos años fuera del país y en otros idiomas. Sorprendería conocer la cantidad de trabajos de este tenor que circularon durante todos estos años de democracia en el exterior, sobre todo en el ámbito universitario, que no tuvieron registro dentro del país. Una visita a Amazon.com da cuenta de muchos títulos que a su vez tuvieron importante repercusión en el público y la crítica extranjeros. La literatura testimonial en América latina es un campo en el que se han destacado las mujeres, señala Nora Strejlevich en El arte de no olvidar (Catálogos, 2006). Es justamente una mujer, Marguerite Feitlowitz, la autora del A Lexicon of Terror..., un libro que publicó la Universidad de Harvard y que, basado en testimonios de numerosas víctimas de la dictadura, reconstruye un glosario de palabras y conceptos tras los cuales se fue construyendo la realidad compartida de aquellos años. Sin pretensión académica ni tampoco melancolía, se suma a esta lista Tales of Disappearence & Survival in Argentina (La Escuelita). Fue publicado hace 20 años en Estados Unidos por Alicia Partnoy, quien ahora lo presenta en Buenos Aires con el título La Escuelita. Relatos testimoniales.

Durante los años que pasó en la cárcel como presa política, sus poemas e historias circularon en secreto y hasta alcanzaron a ser publicados anónimamente en diarios y revistas de organizaciones de derechos humanos. Desde su llegada a Estados Unidos ha dado numerosas conferencias para Amnesty International, organizaciones religiosas, universidades y otras entidades. Partnoy ha participado en varios trabajos de recopilación de testimonios, entre los que se incluye otro libro que presenta los relatos de más de 30 mujeres violadas durante las últimas persecuciones políticas en Latinoamérica. Podría decirse, ante la lectura del prólogo, que las historias de La Escuelita son el testimonio de una activista secuestrada por los militares en 1977 que estuvo desaparecida 5 meses en el campo de concentración de Bahía Blanca antes de pasar a otra prisión y, finalmente, al exilio. Pero enseguida aparece algo más. La particularidad de este trabajo es su rechazo a convertir sus recuerdos inconexos y hasta superfluos en un material descifrable para quienes necesitan datos y pruebas. No es un relato tamizado por la lógica con el objetivo de hacer entender, hacer pedagogía, dar a conocer lo que le pasó, dar a juzgar. De hecho, la voz de este libro es muy diferente de la que la misma Partnoy dejaba oír ante la Conadep en la década del 80: “El 12 de enero de 1977, me encontraba en mi casa con mi hija Ruth Irupé (de un año y medio), cuando escuché que sonaba insistentemente el timbre de calle. Era mediodía. Caminé los 30 metros de pasillo que separaban mi departamento de la puerta principal. Cuando llegué alguien estaba pateando con fuerza la puerta. Pregunté: ¿quién es? y me respondieron: Ejército, mientras seguían golpeando”.

Este libro testimonial es un libro de relatos y poemas que además lleva las ilustraciones de su madre: un universo personal organizado en 19 viñetas quebrado por la percepción imposible tras las rejas, las sombras y la tortura. Es una voz interrumpida constantemente por el humor, la locura y la intención poética de sobreponerse al absurdo mientras se esfuerza por dejar señales de los otros que estuvieron con ella. A su vez, al final del libro un apéndice les pone nombre, edad y momento de desaparición a los personajes que antes anduvieron como sombras. Otro apéndice revela características físicas, rango y sobrenombres de los represores. Sin precedentes en el país, este discurso tan impreciso como detallista fue interpretado con valor de documento en 1999, en ocasión de los Juicios de la Verdad: el fiscal decidió presentar fragmentos de este libro en la causa.

El género testimonial –otros horrores mundiales que preceden al nuestro, como el del Holocausto, lo han comprobado con la constante aparición de materiales nuevos– demuestra su capacidad de resistencia, de gota por gota que no deja de caer. Aun si las palabras Nunca Más fueran el perfil de una esperanza imposible, dice Nora Strejlevich, las víctimas seguirían narrando su viaje por el horror. Y aun así, esas palabras seguirán faltando; el presente demuestra que faltan y que no es posible ante el horror y la prepotencia leer un rato y dar vuelta la página.



Anticipo de La Escuelita

Alicia Partnoy

Editorial La Bohemia



Nombre


La última vez que escuché mi nombre completo fue en el Comando del V Cuerpo del Ejército, la tarde de mi secuestro. El milico, con voz pausada y hasta risueña, lo repetía mientras a un costado se oía el tecleo de una máquina de escribir. Yo acababa de estrenar la venda sobre los ojos.

–¿Nombre?
–Alicia Partnoy.
–¿Edad?
–Veintiún años.
–¿Alias?
–Ninguno.

El día que arrestaron a Graciela, la hermana de Zulma, todos nos cambiamos los sobrenombres. En mi caso particular en realidad no hacía falta. Es que Graciela conocía mi nombre, la dirección de mis viejos, mi historia. Si hablaba en la tortura no iba a ser el cambio de sobrenombres lo que me salvara. Pero no habló. Dice Zulma que le contó “Chamamé” que a Graciela la torturaron mucho. Pero no habló. Yo me fui por unos días de casa, por precaución. Me empecé a llamar Rosa. A veces la cuestión de los alias parecía ridícula. Uno pensaba: “en un pueblo, vaya y pase, todos se conocen, hay un solo Gumersindo, un Pascual, pero en la ciudad ¿cómo se encuentra a una Alicia entre cientos, un Carlos entre miles?”. De a poco fuimos aprendiendo. Cada piedrita de información contribuía a formar el alud que aplastaría al resto de los compañeros. El color del pelo, el timbre de la voz, la textura de las manos, el nombre, el sobrenombre. Detalles. Cuando llegó la hora de mi alud yo era Rosa. Cuando vinieron a buscarme no supe si venían por Rosa o por Alicia. Lo cierto es que venían por mí.

En La Escuelita no tengo apellido. Sólo la Vasca me llama por mi nombre. Varias veces nos han dicho que van a empezar a asignarnos números, pero hasta ahora no han sido más que amenazas.

El día de nuestra tercera ducha –ya llevaba yo casi dos meses aquí–, me traían del baño: el pelo largo mojado bajo la venda blanca de los ojos, el vestido con el desgarrón que me hice al saltar el tapial del fondo de mi casa, las manos atadas, los huesos creciéndome en puntas sobre los pómulos y las coyunturas. De pronto escuché que un guardia cantaba una milonga de Atahualpa: “Si la muerte traicionera/ me acogota a su palenque/ háganme con dos rebenques/ la cruz pa’mi cabecera”. Desde entonces me llaman La Muerte. Será tal vez por eso que cada día al despertarme repito para mis adentro que yo, Alicia Partnoy, todavía estoy viva.


Nariz


Ahora que gracias a ella puedo ver, las cosas han cambiado. Sin embargo, desde que tengo memoria siempre renegué de mi nariz, no solamente por los problemas respiratorios, las cuatro operaciones, etc. Nunca me gustó la forma. No es que fuera demasiado grande. Sólo lo suficiente para hacerme sentir incómoda. Me molestaba esa curva semítica y cuando estudiaba mi perfil solía levantarme la punta con el índice, en busca de armonía. Claro que ahora no tengo ese problema. Puedo mirarme en el espejo solamente una vez cada veinte días, cuando me sacan la venda para bañarme. Entonces ya no es la nariz lo que me preocupa, contemplo mis cejas cada vez más pobladas, los ojos, se me han puesto raros, profundos.

Cuando éramos chicos mi hermano para hacerme enojar me llamaba Cyrana, por aquella novela de Cyrano de Bergerac. “Erase un hombre a una nariz pegado.” Me ponía furiosa.

El otro día me animé a pedir un antihistamínico. El “Doctor”, un gordo gigantesco, se sentó en el borde de mi cama a preguntar cómo me sentía. Le hablé de esa alergia que de a ratos no me deja respirar. Me dio una pastilla redonda y pequeña.

Los pedazos de gasa que a veces me traen para sonarme se amontonan bajo la almohada.

A pesar de todo, ese resentimiento hacia mi nariz se ha ido suavizando en estos últimos días. Cuando está obstruida por la alergia no puedo olfatear el cigarrillo del guardia que entra a hurtadillas, la lluvia, el pan, pero tampoco la mugre de mi frazada ni el olor metálico de nuestro miedo. Es decir, ventajas y desventajas corren parejas.

Son las condiciones de vida en La Escuelita las que permiten que este apéndice de mi cara manifieste su oculta virtud: la nariz me permite ver. No es que me haya puesto metafórica de pronto. Sí, veo gracias a ella. Lo que ocurre es que su forma mantiene la venda de mis ojos ligeramente levantada. Por las pequeñas rendijas desfilan porciones de este mundo.

Sólo el “Peine” sabe cómo atar una venda lo suficientemente ancha como para burlar mi nariz. Otros guardias me ponen pedazos de algodón y cinta adhesiva para clausurar esas ventanitas ilegales y –para ellos– peligrosas. Mientras tanto, mi nariz parece crecer, orgullosa, cada vez que me colocan una nueva venda. Es que, finalmente, ella y yo nos hemos reconciliado.


Telepatía


Todavía no sé muy bien si fue para peor o para mejor que lo de la telepatía no haya funcionado. Probé varias veces. Me importaba sobre todo comunicarme con mi familia, aunque los usos podrían llegar a ser infinitos. Me acuerdo que la primera vez que lo intenté fue el día en que trajeron un pedazo de carne y una papa hervida para el almuerzo. El plato constituía una exquisitez digna de otra escenografía. Carne y papa fueron digeridas con pasmosa rapidez. Entonces fue probablemente el hambre lo que me despertó las ganas de explorar el mundo extrasensorial. Empecé primero por relajar el cuerpo. Se suponía que la mente, aligerada de su peso, podría viajar en la dirección que yo determinara. Pero el experimento no funcionó. Era de esperar que mi mente, elevada hasta el techo de la habitación, tuviera la virtud de observar mi cuerpo tendido sobre el colchón de rayas rojas y mugre. Pero no. Quizás esos ojos del espíritu también estuvieran vendados.

Al día siguiente probé de nuevo. Fue la misma tarde en que me desperté sobresaltada tratando de acordarme dónde había dejado a mi hija aquel mediodía, para abrir los ojos a una venda que me los tapaba hacía ya veinte mediodías. Ese sobresalto me dio una idea. Mi mente todavía tenía uno de sus bordes en libertad. ¡Si pudiera estirarse hacia afuera! Querer es poder. Si yo quiero, puedo controlar mi pensamiento, hacerlo viajar, huir. SALIR. ¡Te lo ordeno! A mí me dan tantas órdenes: “¡Sentarse! ¡Acostarse! ¡Boca abajo! ¡Apurarse!”. Por eso yo le exigí a mi pensamiento: “¡Vamos! Rajá. Rápido. Salí”. Es que tenía una misión para él. De todas maneras, ahora que lo pienso bien, tal vez haya sido mejor que no me obedeciera. Porque entonces yo le hubiera pedido que averiguara mi futuro, y cuando él regresara a contarme cuántas balas había visto en mi cadáver, yo no iba a tener paz. Ahora tampoco tengo paz, pero por lo menos me queda la esperanza de que todavía me quede una cuota de aire para respirar en libertad.

Hice un tercer intento esta tarde. Utilicé otro método. Reconstruí en mi imaginación la casa de la calle Uruguay, mi mamá y sus cuadros en el galponcito, papá preparando té en la cocina, mi hermano doblado sobre un libro, el sol, los árboles del patio. “Estoy bien”, repetí mentalmente. “Estoy viva. Estoy viva. Todavía estoy viva. Estoy bien.” Apreté los párpados con fuerza, los puños, las mandíbulas. “Estoy bien. Escuchen, estoy bien.” Mamá siguió pintando, papá revolvió el té y Daniel dio vuelta la página de su libro. En el patio los árboles se balancearon, pero yo no los vi, sólo los imaginé. Ellos tampoco me escucharon. Los pies me cosquilleaban. Quería salir corriendo.

Creo que fue entonces cuando abrí los ojos. Por la ranura de debajo de la venda vi las piernas de Hugo. “El Bruja” acababa de traerlo de la ducha. Le habían puesto un vestido de mujer, para regocijo del “Loro” que carcajeaba al verlo tratar de trepar la cucheta. Al rato pasó Batata, vestido con un camisón rosa. Decían los guardias que no había pantalones para los hombres, entre las risas y la humillación que flotaba en el aire como un olor incómodo, no pude seguir con la telepatía. De todas maneras no había podido comunicarme.

Es extraño pero de repente me doy cuenta de que, desde hace un rato, tengo la certeza de que uno de mis abuelos se acaba de morir.

viernes, 29 de septiembre de 2006

Justicia para dos enfermeras bahienses

Ecodías
PERPETUA PARA EL EX COMISARIO ETCHECOLATZ

Mientras en Bahía Blanca continúan impunes los crímenes cometidos al amparo del Estado Terrorista, en La Plata el ex comisario Miguel Etchecolatz fue condenado a reclusión perpetua por los homicidios agravados de las enfermeras bahienses Nora Formiga y Elena Arce Sahores.

Por Diego Martínez
Mientras las causas por los crímenes cometidos en jurisdicción del Cuerpo V de Ejército y la base naval Puerto Belgrano descansan sin sobresaltos en la justicia federal y en todo el país son casi 250 los militares y policías detenidos por delitos cometidos durante la última dictadura militar, el Tribunal Federal 1 de La Plata condenó a reclusión perpetua al ex comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz por “delitos de lesa humanidad” cometidos “en el marco del genocidio que tuvo lugar en la Argentina entre 1976 y 1983”. El ex director de investigaciones de la policía bonaerense fue condenado por dos privaciones ilegales de la libertad y torturas y seis homicidios agravados, entre ellos los de Nora Lidia Formiga y Elena Arce Sahores, jóvenes enfermeras de Bahía Blanca, docentes en la Cruz Roja platense y militantes de la Juventud Universitaria Peronista. Sus historias han sido reconstruidas por familiares y allegados desde el comienzo de la democracia hasta estos días, ya que también formaron parte del Juicio a las Juntas en 1985 y del Juicio por la Verdad de La Plata en 1999. La condena incluyó el caso de Diana Teruggi, asesinada durante un operativo que incluyó el secuestro de su beba Clara Anahí Mariani, aún no restituida, y el asesinato del bahiense Juan Carlos Peiris, miembro de la Juventud de Trabajadores Peronistas.


“Son mis amigas”
El 22 de noviembre de 1977 Elena Arce Sahores viajó de Buenos Aires a La Plata para dar clases de enfermería en la Cruz Roja. Eran las 17.30 cuando llegaba junto a su novio al departamento de su amiga Nora Formiga, en calle 54 al 1271. Metros antes vieron un tumulto, corridas, testigos paralizados. El muchacho sugirió alejarse pero Elena reconoció a las víctimas.

- ¿Por qué se llevan a mis amigas? -gritó.
- ¿Las conoce? -preguntó, fusil en mano, uno de los secuestradores.
- Son mis amigas.

Las secuestradas eran Nora, Teresa Calderoni, otra joven embarazada no identificada y, tras su presentación, Elena. La patota la integraban miembros del Regimiento 7 de Infantería y policías bonaerenses de civil. Les ataron las manos por la espalda, las encapucharon, las metieron en los baúles de un Dodge 1500 naranja y un Renault 12 azul y partieron con rumbo desconocido.

A los tres días volvieron a saquear el departamento. Abrieron con la llave de la secuestrada y cargaron los muebles en un camión del Ejército. Como el dueño vivía en el edificio levantaron un acta “para dejar expresa constancia de los elementos secuestrados en la finca”. Enumeraron unos pocos, que tampoco devolvieron. La firmaron el capitán Enrique Armando Cicciari y el sargento primero Juan Basilio Viscelli. En la faja de clausura se leía “R.I.7. Grupo Operacional 113”.

Calderoni fue liberada al mes. La tiraron al costado de un camino. “No puedo hablar porque me matan”, repitió durante años. En cautiverio vio a Nora y a Elena, muy torturadas, en el centro clandestino La Cacha, en la localidad de Olmos. Luego fueron trasladadas a la comisaría 8 de La Plata, donde compartieron calabozo durante ocho días. La noche del 20 de enero de 1978 les avisaron que serían liberadas y se las llevaron.

En la seccional policial alcanzaron a compartir datos sobre La Cacha, que luego permitieron reconstruir el “circuito Camps”, como se conoce a los centros clandestinos del sur del Gran Buenos Aires regenteados por el ex coronel Ramón Camps. El mes pasado, después de 29 años, familiares de Adriana Tasca –secuestrada durante su quinto mes de embarazo- le agradecieron a las hermanas Formiga el gesto de Nora y Elena. Las bahienses informaron al resto de los cautivos que Adriana estaba en La Cacha y su certeza de que no la matarían sin antes parir. El dato permitió no abandonar la búsqueda e identificar al nieto 82 recuperado por Abuelas de Plaza de Mayo.

“Los cuerpos no se entregan”

En febrero de 1978, en medio del calvario que para los familiares de desaparecidos implicó el silencio de militares y eclesiásticos, Alfredo Arce Garzón logró entrevistarse con el coronel Mario Horacio Torres, jefe del departamento operaciones del Cuerpo V. Según declaró el padre de Elena durante el Juicio a las Juntas, el militar tomó nota, prometió averiguar y días después le aconsejó “no piense más en ella y rece mucho”. Tres días después, cuando le reclamó el cuerpo de su hija para sepultarla, el coronel fue elocuente: “los cuerpos no se entregan”.

Siete años atrás, durante el Juicio por la Verdad, Torres dio su versión de aquellos diálogos. Recibió a Arce Garzón “con un copetín” pero “el señor, poco comunicativo, no tomó ni comió nada”. Después habló con “un compañero, el coronel Roberto Roualdés”, quien al día siguiente le respondió que “no existe ninguna lista donde esa persona figure como desaparecida (sic) o baja en combate”. Roualdés no era cualquier compañero: era jefe de la subzona Capital, dueño de la vida y la muerte en la mayor ciudad argentina. Al comunicarle la noticia Torres notó al padre de Elena “más angustiado” y le recomendó “una profunda fe en Dios, que rece mucho”.

Cuando los jueces le recordaron las palabras de Arce Garzón el coronel negó haber admitido la desaparición de Elena. “Jamás podría decirle a un padre de la muerte de su hija y menos hablar del cadáver”. Arce Garzón ya no estaba para responderle pero su hija Alejandra se encargó de recordar las verdaderas palabras del militar y agregó que durante el último diálogo “Torres le dijo que se olvidara de él porque si le preguntaban algo no lo iba a conocer”. Aún nadie denunció al coronel Torres por falso testimonio.

“No servía para matar”

En agosto de 1978 un nuevo dato reavivó esperanzas. En respuesta a un hábeas corpus la comisaría 8 informó que Elena, Nora y Margarita Delgado habían ingresado como detenidas e incomunicadas el 11 de enero y nueve días más tarde habían sido liberadas “a disposición del Área Operacional 113”.

- Pero no busque más a Elena, está en el cielo –le aconsejó al padre de la víctima un oficial de apellido Inchausti.

Tres años después el entonces capitán de fragata Jorge Retes admitió en presencia de Alejandra Arce que había visto a las enfermeras secuestradas en la Escuela de Mecánica de la Armada. “Las careamos en la ESMA para determinar su ingreso a Montoneros”, agregó. Según declaró la ex esposa de Retes en 1999 el marino contó que intentaron utilizarla “en la contraguerrilla” pero “como no servía para matar” los oficiales de la Armada “la usaban para mantener relaciones sexuales”. Retes se retiró como capitán de navío y vivió impune en Bahía Blanca hasta su muerte en septiembre de 2000.

No es el único dato sobre la participación de la Armada. Al recibirse de enfermera Calderoni consiguió trabajo en el Hospital Naval, donde un suboficial le confesó “yo te conozco, vos sos la Tana”. Casi se desmaya: así la llamaban en cautiverio. “Yo te quería mucho pero tus amigas están muertas, nosotros las matamos”, admitió el marino. Al día siguiente la mujer renunció.

En 1999 el Equipo Argentino de Antropología Forense exhumó tres cadáveres hallados el 21 de enero de 1978 en la intersección de las rutas 6 y 215, cerca de La Plata, y confirmó que se trataba de Nora, Elena y Margarita Delgado, las enfermeras “liberadas” el día anterior de la comisaría 8. Según el acta de defunción las tres “NN” (no name, sin nombre) habían fallecido por “destrucción de masa encefálica por proyectil de arma de fuego”. Esta semana Etchecolatz se convirtió en el primer asesino condenado por esos crímenes.

sábado, 9 de septiembre de 2006

"Que diga asesinados"

Ecodías
La masacre de calle Catriel

Por la tarde, cerca de 300 personas se acercaron al espacio verde destinado por ordenanza para recordar a Zulma Matzkin, Juan Carlos Castillo, Pablo Fornasari y Mario Tarchitzki, jóvenes asesinados por las fuerzas represoras del terrorismo de Estado el 4 de septiembre de 1976. Sus muertes fueron fraguadas bajo un “enfrentamiento” en Catriel 321, previo a los secuestros seguidos de torturas en el centro clandestino de detención local “La Escuelita” ubicado en territorio del V Cuerpo del Ejército. Justamente por esta causa está detenido Santiago “el Tío” Cruciani, represor e interrogador de La Escuelita, quien ya se negó a declarar en tres oportunidades.

Testimonios sentidos


Luego de leer las innumerables adhesiones y compartir la lectura de la poesía “Dónde están”, comenzaron los emotivos testimonios de familiares y amigos de las víctimas.

Alberto Oliver, amigo de Juan Carlos Castillo, habló “de su hombría, de su valentía, de su amor hacia los demás, su solidaridad y de todo eso que hacía de él un excelente hombre”. Juan Carlos Pisano fue compañero de militancia, y lo recordó “como esas personas que pasan por la vida de uno y dejan una marca muy grande, era una persona buena, con todo lo que significa la bondad”.

A Pablo Fornasari lo trajo al presente Nora Peralta, compañera de la carrera de veterinaria: “Era un excelente alumno, comprometido con la carrera que había abrazado con el objetivo de ponerla al servicio de los intereses populares el día que obtuviera su título (...) Era un ser muy comprometido con lo que hacía, desde estudiar hasta militar. Se destacaba por su gran compañerismo, su solidaridad, su gran sensibilidad hacia los más desprotegidos, los más humildes... era un líder natural”. Por su parte Enrique, hermano de Pablo, por primera vez participó activamente en un acto por la memoria y dijo que “todavía hay muchas cosas que solucionar, muchas heridas por cerrar”. Cerró el recuerdo por Pablo, Hernán Fuentes, compañero de militancia.

Sobre Zulma Matzkin, su sobrino Sandro exclamó que “a pesar de que no está debemos pretender aprender del ejemplo que dejó, a ser buenas personas, solidarias, a pelear por lo que creemos es justo, a dejar un mundo mejor al que encontramos (…) mi tía vive en mi memoria, pero además de memoria también tenemos la obligación de pedir justicia, de pretender la verdad, que es algo tan fuerte que es capaz de levantarse de una tumba para ir a darle en el rostro a los genocidas”.

Por último Fabián Lew leyó una emotiva carta escrita por Clarita, hermana de Mario Tarchitzki, quien hoy vive en Israel y junto a su familia no olvidan a “Manolo”.

El acto terminó con el descubrimiento del boceto de la escultura que homenajeará a los bahienses fusilados en Catriel 321 donde también son reprensados a partir del pasado lunes por cuatro árboles con sus nombres plantados por sus propios familiares.